lunes, 15 de mayo de 2017

Ese planeta, esa nave

Este es el relato que presenté al Premio Ripley. No ha habido suerte y eso me ha hecho pensar que quizás pueda hacer algo extenso con la historia, porque quedó muy condensada. De momento lo dejo por aquí, por si a alguien le apetece leerlo.
Cuenta la historia de una piloto que se ve obligada a aterrizar en un planeta desconocido debido a una avería y la de un muchacho que siempre ha soñado con viajar al espacio y que ve la llegada de la piloto como un sueño hecho realidad.

Fuente


I.

Cuando la alarma de emergencia estalló en el camarote, arrasando la calma que reinaba él, lo primero que me vino a la cabeza fue un contundente: «voy a morir en el espacio». Y era una verdad tan devastadora que por un momento me dejó sin aliento. Pero nunca he sido de las que se rinden fácilmente; la esperanza es lo último que se pierde, como dicen. Así que me lancé y tomé el control de la situación sin dudarlo.
—Noir, ¿qué ocurre? —pregunté, mientras me dirigía a la sala de mandos.
La voz de Noir manó de los altavoces:
—Parece que hay un problema con los amortiguadores de la unidad de propulsión.
—¿Con los amortiguadores? —pregunté, sin poder creerlo—. ¡Pero si los revisamos antes de partir!
Aunque sabía muy bien que aquel «parece» que había usado Noir era accesorio, fruto de la personalidad de la IA que gobernaba la nave. Era el cerebro humano que tenía implantado en sus circuitos, y que dotaba de sentimientos a la máquina, el que lo hacía hablar así. A Noir las cosas no «le parecían», su certeza sobre el estado de la nave era absoluta. Si Noir mencionaba algo era porque estaba cien por cien seguro de ello. Pero ese modo de hablar era lo que hacía que Noir fuera Noir y no sólo una interfaz que se encargaba del control de la Bala de Plata.
La nave empezó a vibrar de forma brusca cuando entré en la sala de mandos y a punto estuve de tropezar antes de dejarme caer en el sillón que gobernaba el panel de control. Lo conecté y la pantalla se iluminó mostrándome los parámetros de la nave. Desconecté la alarma mientras echaba un vistazo al tiempo restante de viaje: faltaba casi un mes estándar para llegar a destino; era imposible pensar en nada que no fuera buscar un lugar en el que aterrizar para reparar el daño. Tras esa comprobación, abrí el aviso de avería y busqué el origen del desastre. Lo encontré enseguida: tal como me había informado Noir, el pistón número tres se había encasquillado.
—Maldita sea —mascullé.
Teníamos que salir de la hipervelocidad cuanto antes si no queríamos seguir sobrecargando el motor, pero teníamos que hacerlo sabiendo adónde íbamos, porque si aparecíamos en medio de la nada acabaríamos muriendo por falta de suministros antes de llegar a un planeta habitado.
—Noir, ¿has comprobado los planetas que hay por los alrededores?
—Adam, sabes lo mucho que me molesta que me hagas ese tipo de preguntas. ¿De verdad crees que no he estudiado todas las formas posibles de sacarte de ésta con vida?
No, claro que no lo creía. Pero pensar que era yo la que tenía el control sobre la situación me hacía sentir un poco más segura, y no como una mujer inútil en manos de su salvador. Aunque ese salvador fuese Noir. Y aunque no me molestase en absoluto poner mi vida en manos de Noir.
—Vale. Olvida lo que te he dicho. ¿Qué planetas en los que podamos aterrizar hay dentro del rango?
Noir dejó escapar un suspiro.
—¿No te disculparás? En fin, supongo que no hay tiempo para eso ahora.
»Cuatro. Aunque sólo uno con colonias humanas en él. Y no está catalogado. Pero hay informes de otros viajeros en los que se asegura que hay vida humana inteligente y que el nivel tecnológico es medio.
Me mordí la uña del pulgar. Los planetas que no salían en el catálogo me producían sentimientos encontrados, porque era difícil saber lo que se podía esperar de ellos. Los había en los que incluso te mataban por ser mujer. Pero estaba claro que si el pistón se había roto y tenía que arreglarlo, sería mucho más fácil hacerlo en un lugar habitado y con recursos.
—¿A qué distancia está?
—Seis horas de viaje a hipervelocidad.
—Y qué hay de la nave, ¿aguantará?
Noir no respondió y enseguida supe lo que eso significaba.
Apreté los labios. La idea de morir en el espacio regresó a mí.
—Eso quiere decir que no —dije, con una voz mucho más calmada de lo que cabía esperar para la situación. Incluso yo misma se sorprendí de mi aplomo. Siempre había creído que ante la posibilidad de morir acabaría corriendo como una poseída por los pasillos de la nave, intentando en vano buscar una manera de escapar.
—Eso quiere decir que no lo sé, Adam —reconoció Noir, con un deje de impotencia—. En las condiciones óptimas, los amortiguadores pueden aguantar unas ocho horas de viaje en el estado actual. Pero existen factores externos: fuerzas gravitacionales, vientos solares, meteoritos cuya trayectoria no está detallada en el sistema de navegación… Ya sabes, todas esas cosas que no vienen en el manual. Si por alguna razón aumentan su rendimiento para corregir uno de esos imprevistos, esas ocho horas pueden convertirse en cuatro.
—¿Y si salimos de la hipervelocidad ahora? ¿Cuánto tardaríamos?
—Unas cuatro semanas.
—No puedo asumir un mes más de viaje, Noir. Más los días de reparación. Ya sabes que por cada día de retraso me quitan un tres por ciento del pago. Y eso implicaría perder casi todo el cobro. No tendríamos ni para cubrir gastos.
»Esas seis horas nos dan margen de sobra. Asumiremos el riesgo.


La nave caía.
Pa pa pa pa.
Y un estallido ensordecedor resquebrajaba el cielo y la realidad. Era como una estrella fugaz cruzando un firmamento demasiado azul. ¿Era una señal de los dioses? Quizás la diosa Gea habría escuchado mis plegarias, al fin.
—¡Nozomi!
La voz de la abuela me arrancó de mis pensamientos. Resultaba sorprendente que hubiera una realidad más allá de ellos. ¿Lo había imaginado todo? No. Una nave cayó y aterrizó milagrosamente en el lago, arrastrándose posteriormente por el bosque como un animal moribundo, arrancando árboles a su paso y abriendo una brecha profunda en la vegetación. Su sangre era el agua que escapaba de sus orificios.
Y ahora el alma de esa nave descansaba en la cama de la habitación de huéspedes de nuestra casa, después de que yo la trajera hasta aquí. Era la primera vez que el sidecar de mi motocicleta servía para algo más que para transportar comida.
—Nozomi, ¿quieres hacer el favor de dejar de soñar despierto y hacer algo útil? Prepara agua caliente, por favor.
Esta vez era madre la que habla. Entorné la vista y me fijé en ella. ¿Cuándo había llegado? No estaba seguro. Lo que sí tenía claro era que se estaba encargando de la piloto herida. Y yo estaba en medio, estorbando. Por eso me aparté discretamente y me fui a calentar el agua.
Las heridas de la piloto no parecían muy serias. La abuela mencionó que, como mucho, un par de costillas rotas. Pero el golpe en la cabeza ya era otro tema. Con esas cosas nunca se sabe: a veces te das uno y ya no despiertas. Lo mismo que le ocurrió a mi hermano mayor, muchos años atrás. Esperaba con todo mi corazón que no fuera así. Necesitaba que la piloto estuviera bien para que me sacara cuanto antes de ese planeta. Llevaba demasiados años esperando algo así como para que ahora se me escurriera de entre los dedos.

Desperté para encontrar cuatro pares de ojos puestos en mí.
Parpadeé varias veces. Estaba tendida sobre una cama, en una habitación pequeña hecha de madera. La luz, de un color amarillo intenso, entraba a borbotones por una ventana y me cegaba los ojos. Lo primero que me vino a la cabeza fue que no estaba en La Bala. Traté de incorporarme, pero un cuchillazo en las costillas me hizo dar un respingo. Casi al instante, dos pares de manos se abalanzaron sobre mí para recostarme de nuevo.
—Escuchad… —susurré, sin saber muy bien a quién me dirigía porque el mareo me nublaba la vista por momentos.
Saqué una mano de debajo de la colcha para llevármela a la cabeza, donde descubrí que me había salido un buen chichón.
Los cuatro pares de ojos volvieron a centrarse en mí. Entorné la vista y me fijé en ellos. Pertenecían a tres mujeres y un chico de piel oscura y ojos negros. Eran humanas, de eso no había duda, pero tenían unas facciones a las que yo no estaba acostumbrada. El grupo abarcaba todo el rango de edades: una de ellas era muy mayor, y tenía el pelo prácticamente blanco; además, era sorprendentemente pequeña. Jamás había visto a una persona de esa estatura. Otra estaba entrada en años, pero no era anciana. La tercera era joven, pero ya no tanto. Y el cuarto era poco más que un adolescente.
Me hablaron, y cuando lo hicieron me di cuenta de que no las entendía. Usaban una lengua desconocida, que no tenía nada que ver con el universal. Eso me llamó la atención: el protocolo habitual al tratar con extraplanetarios era el uso del universal; era la lengua común para todo el universo no hostil.
Y entonces, como si fuera el recuerdo olvidado de algo acontecido en otra vida, el accidente que había tenido durante el aterrizaje regresó a mí como una bofetada: ¡estaba en el planeta no catalogado! Y probablemente aquella gente no pertenecía a la Unión y no seguía sus protocolos.
—Joder —mascullé.
En un impulso, saqué la mano izquierda de debajo la colcha, en busca de la DisCom en mi muñeca. Pero no estaba. Sentí un exceso de pánico al recordar que me la había quitado para cocinar, poco antes de que estallara la alarma de emergencia en la nave. Sin la DisCom iba a ser imposible comunicarme con esa gente. Y necesitaba regresar pronto a la nave para ver cómo había quedado. Por no hablar de que la pulsera era el único modo de contactar con Noir. Y estar sin Noir me hacía sentir desnuda y desprotegida; me hacía sentir completamente sola en el universo.

II.

Brush, brush, hacía la escoba de brezo mientras barría las inmediaciones del templo, amontonando en un rincón las hojas de color del barro y de la yema del huevo, que tan bonitas eran en las ramas de los árboles y que tan molestas se volvían una vez en el suelo. El otoño había llegado pronto ese año.
Aunque hacía algunos días que la piloto estaba en casa, mi corazón seguía agitándose convulso cuando me asomaba desde el umbral para observarla a hurtadillas. Había rezado tantas veces para que algo así ocurriera que ahora que al fin había ocurrido me era imposible darlo por cierto y aún me perseguía el convencimiento de que despertaría de un momento a otro, descubriendo que todo aquello no había sido más que un sueño.
Madre decía que la piloto estaba mejor. Durante el tiempo que llevaba en casa, madre había venido a visitarla cada día. La examinaba, la ayudaba a asearse y le daba infusiones de cúrcuma y jengibre. La piloto se dejaba atender, como si supera que las manos expertas la ayudarían. Era cierto que todavía gruñía con fuerza cuando tenía que moverse, pero sus mejillas habían recobrado el color.
No había nada que me hiciera más feliz que tenerla en casa, pero lo peor de todo era no poder comunicarme con ella. No sólo porque aquello dificultaba la convivencia, sino también porque mi frustración creía cada día que pasaba y mis ansias de conocimiento no se veían saciadas. Los libros y las historias que habían colmado mi infancia habían cobrado vida reencarnados en la piloto y ahora necesitaba conocer todos sus detalles. Necesitaba que me lo contara todo. Pero, ¿cómo hacerlo? Cada vez que la piloto abría la boca parecía que lo único que salía de ella eran ladridos lastimeros.
Al menos me quedaba el consuelo de poder ver la nave con la que ella había venido, que sólo estaba a un paseo en moto.
Dejé la escoba y las hojas a medio recoger. Tía Hana se enfadaría. Y también la diosa Gea. ¿A qué diosa le gusta tener su templo lleno de hojas marchitas? ¿Y qué clase de aprendiz era yo, que abandonaba mi tarea para ir a ver una nave extraterrestre?
Pero seguro que la diosa me perdonaría, tarde o temprano. La diosa velaba por la felicidad de sus fieles y no había nada que me hiciera más feliz que ir a ver esa nave.
Recorrí el camino que bajaba hasta el valle y rodeaba el lago. Cuando llegué junto a la mole metálica, a cuya superficie el sol arrancaba cegadores destellos, bajé de la moto y me acerqué a ella. Acaricié su superficie, sintiendo el tacto frío y duro en las yemas, y el roce de las juntas donde se habían soldado las chapas que la conformaban. Pero cuando llegué a la puerta me detuve.
Estaba cerrada.
Aquello me sorprendió. No recordaba haberla cerrado. De todos modos, mi recuerdo del accidente era un caos de humo y angustia. Quizás estaba confundido; quizás sí la había cerrado antes de irme. Sólo esperaba que ninguno de los aldeanos se hubiese acercado hasta allí, porque estaban demasiado cegados por el odio y el pánico. Si estropeaban la nave podían estropear también mi sueño de viajar a las estrellas.
—¿Hullhmacu?
La voz emergió de la misma nave.
Di un respingo.
—¿Qué? —balbuceé.
La voz volvió a hablar, aunque esta vez lo hizo con unas palabras tan consonánticas que no entendí nada. Miré a un lado y a otro, buscando su origen, pero allí no había nadie.
—Dis… discúlpeme, pero si me habla a mí no le entiendo —dije, tembloroso.
Sabía que mis palabras eran estúpidas: si yo no entendía lo que me estaban diciendo, fuera quién fuese el que hablaba tampoco me iba a entender a mí. Perdía el tiempo.
¿Aun así, qué otra cosa podía hacer?
De todos modos, me equivocaba.
—¿Me entiendes ahora?
La pregunta me dejó tan maravillado que tardé algunos segundos en reaccionar.
—¡Sí! —grité.
¿Otro pasajero? ¿Y cómo era que hablaba nuestro idioma? Y lo que era más importante: ¿cómo no le había visto el primer día? Sólo esperaba que estuviese bien. Seguramente estaría muy preocupado por la piloto, así que me lancé a contarle lo ocurrido:
—La piloto se encuentra bien. Está en mi casa. Tiene alguna costilla rota, pero nada serio. Siento… siento mucho no haberle ayudado a usted también, pero no le vi. Espero que esté usted bien.
—Estoy perfectamente, gracias. Sólo tuve un apagón forzoso debido al accidente y me ha llevado un par de días reiniciar y ajustar de nuevo mi software. Pero vuelvo a estar plenamente operativo.
—¿Software? —traté de pronunciar la palabra del mismo modo en que lo había hecho él.
—Sí. Soy la inteligencia artificial que controla la Bala de Plata. Me llamo Noir.
—¿La Bala de Plata?
Bala de plata es el nombre de la nave.
—Ah. ¿Y dónde está usted?
—¿Cómo que dónde estoy? Ya te he dicho que soy una inteligencia artificial.
—Disculpe mi ignorancia, pero no sé lo que es una inteligencia artificial. Nunca había oído esa expresión. ¿Se trata de un piloto o algo parecido?
Se hizo el silencio y, por un momento, creí que Noir se había ido. Temí que mi desconocimiento lo hubiese asustado. Pero, tras unos instantes, respondió:
—Una inteligencia artificial es una máquina que toma decisiones como si fuera un humano, aunque no lo es. En realidad sí hay cierto componente humano en mí, porque tengo cerebro integrado en mis circuitos. Aunque las funciones de mi cerebro están limitadas y, además, no tengo cuerpo. O, si lo prefieres, mi cuerpo es la misma nave. Por eso sigo siendo una máquina.
Miré hacia la puerta cerrada sin entender. ¿Una máquina que hablaba y que tomaba decisiones? ¿Su cuerpo era la misma nave? No entendía nada.
Pero entonces, como si me alcanzara un rayo de luz que se había colado entre las hojas de cedro un día de primavera, lo entendí. La que me halaba era el alma de la misma nave.  Yo había creído que esa alma era la piloto, pero me equivocaba. Porque la nave, la Bala de Plata, tenía conciencia propia.

El chico entró en la habitación como una exhalación. Llevaba algo en la mano y cuando lo reconocí sentí que el corazón me daba un vuelco.
«¿Cómo…?» iba a preguntar.
Aunque no llegué a hacerlo, porque el chico se arrodilló junto a mí y con una sonrisa me tendió la pulsera. Cogí la DisCom con manos temblorosas y me la puse en la muñeca izquierda. Pasé la mano por su superficie y compré que el accidente no la había estropeado.
—Noir —dije, con urgencia.
—¿Me echabas de menos?
Al oír la voz de mi compañero sentí unas terribles ganas de llorar. No lo reconocería ni aunque me arrancaran las uñas de los pies, pero aquel era el mayor regalo que podía haber recibido. Saber que Noir seguía conmigo lo hacía todo mucho más fácil.
—¿Cómo estás? ¿Cómo está La Bala?
—Nada que no pueda arreglarse. He puesto a los chapuceros a hacer el trabajo superficial, pero habrá que arreglar el pistón que se estropeó. Y eso sólo puedes hacerlo tú.
—¿Y de dónde vamos a sacar las piezas, Noir? Hemos ido a parar a un planeta mucho más primitivo de lo que imaginaba. Parece una de esas colonias que buscan iniciar su propia visión de Utopía. No tienen tecnología y me están tratando las costillas rotas con infusiones y compresas de agua fría.
 —No te preocupes, Adam. El muchacho te ayudará. Se llama Nozomi y me ha dicho que quiere que lo saques de este planeta y lo lleves a descubrir el universo.

La piloto se llamaba Adamantina, pero me pidió que la llamara Adam. Es un nombre extraño, pero se puede pronunciar bastante bien. Y sabe como a caramelo. Me puso muy contento poder hablar al fin con ella, porque tenía muchas cosas que preguntarle y que no había podido preguntar a Noir. Como por ejemplo, cómo funcionaba la pulsera que le había llevado. La voz de Noir emergía de ella, a pesar de que estábamos lejos de la nave. Era como un milagro.
Después de darle el objeto que Noir me había hecho coger de la nave, Adam me dio una especie de botón y me hizo señas. Al principio no entendía lo que quería, pero entonces ella me cogió el botón de las manos y me lo puso en la oreja sin avisar. Y cuando lo hizo fue como si hiciera magia. Ella hablaba, y aunque seguía haciéndolo en ese idioma que parecen ladridos, la voz que llegaba a mi oreja, a través del botón, era perfectamente comprensible.
—¿Dónde estoy? —se interesó, después de presentarse y de preguntarme por mi nombre y por el nombre de mis familiares.
—En Eurasia.
—¿El planeta Eurasia?
—No. Eurasia es una región. Se encuentra usted en el planeta Tierra.
—¿En el planeta Tierra? —su voz denotó auténtica sorpresa. Incluso casi diría que terror.
—Sí. ¿Lo conoce?
Adam asintió, ausente. Y después de eso ya no dijo nada más.
Yo todavía tenía un millón y medio de preguntas por hacerle, sobre Noir, sobre la nave y sobre el espacio. ¿Me llevaría con ella? ¿Era todo tan grande como decían los libros? ¿Qué aspecto tenía el sol de cerca? ¿Cómo se sentía cuando uno viajaba a la hipervelocidad? Pero después de escuchar mi respuesta la piloto se había quedo como si alguien le hubiese anunciado la defunción de un ser querido. Así que decidí dejarla sola, para que descansara.
Quizás en otro momento podría convencerla para que me contase todas esas cosas.

III.

Descubrir que la Tierra seguía existiendo me impactó más que si me hubiesen dicho que Puerto Espiral había desaparecido, absorbido por un agujero negro.
¿Por qué? Probablemente porque voló por los aires todas mis creencias y lo que yo conocía sobre el universo. Cuando vives toda tu vida creyendo que algo no existe y de repente descubres que sí, y que toda la sociedad te ha estado mintiendo o ha estado viviendo tan engañada como tú, todo parece perder el sentido.
Porque todos sabíamos (o creíamos saber) que la Tierra como planeta habitable había dejado de existir muchos siglos atrás, arrasada por la polución y los desastres ecológicos, que la convirtieron en una piedra yerma y moribunda.
Tendida en la cama de la habitación de madera, y ahora que había recuperado mi DisCom, intenté regresar a la lectura que tenía a medias antes de que ocurriera el accidente. Se trataba de un libro de Oggy Sapharygrant. Oggy era una reputada historiadora a la que siempre había admirado. Su campo de estudio era, precisamente, el periodo de La Migración, la época en la que los desastres medioambientales habían acabado por completo con la Tierra y la habían convertido en un lugar inhabitable, lo que hizo que la raza humana tuviera que expandirse por el universo en busca de un nuevo hogar.
Lo que más me gustaba de los ensayos de Oggy era que no eran condescendientes con la raza humana, pero tampoco le achacaban una culpa que en realidad no merecía. Otros historiadores que había leído tenían una visión muy simplista del éxodo y, o bien se limitaban a redimir a la raza humana por completo, o bien la culpaban hasta el extremo de desearle la extinción.
Pero la humanidad no merecía la extinción. Como diría Oggy, sólo merecía un buen azote en el culo.
Pero ahora que había descubierto que la Tierra nunca se convirtió en una roca yerma incapaz de albergar vida, proseguir con la lectura de «Dioses sin reinado» había dejado de tener sentido, como todo lo demás.

La cólera de mi madre estalló cuando supo que le había contado a Adam la verdad.
Y aún se enfadó más cuando supo que también le había enseñado los libros antiguos que guardábamos en el templo y que demostraban que todo eso era cierto.
Me acusó de querer destruir todo por lo que llevábamos siglos luchando: la paz, la prosperidad, la armonía. Me llamó egoísta y me aseguró que con esa actitud jamás podría ser un buen siervo de la diosa Gea. Aquello fue lo que más me dolió, porque aunque quizás mi madre tenía razón cuando me acusaba de egoísmo, yo había consagrado mi vida a servir a la diosa. Y lo había hecho con convicción y devoción. Amaba a la Tierra y amaba a Gea.
Pero lo cierto es que el que la Tierra es el origen de la humanidad y que sigue siendo un lugar habitable es un secreto que no puede ser rebelado a nadie. Éramos pocos el que lo conocíamos y así debía seguir siendo. Si la noticia trascendiera podría perturbar la paz existente. La humanidad rechazó a la Tierra y los pocos humanos que se quedaron y lucharon para que el planeta no muriera  no quieren que éste vuelva a sufrir como ya lo hizo en el pasado.
Pero yo nunca había compartido esa visión. ¿Por qué cerrarnos al conocimiento y al aislamiento para preservar nuestro modo de vida? Hay un universo entero de posibilidades ahí afuera. Naves espaciales, inteligencias artificiales, medicinas que curan casi todas las enfermedades. Sí, la humanidad había estado a punto de destruir a Gea una vez, pero yo estaba convencido de que había aprendido de sus errores. No volvería a ocurrir nada parecido. No les dejaríamos. Y lo que nos podían ofrecer a cambio era demasiado grande. Con la tecnología exterior probablemente mi hermano no habría muerto.
Pero mi madre no lo entendía. De hecho nadie lo hacía. Todos creían que la vida en la Tierra era lo suficientemente perfecta y que no hacía falta cambiarla.

IV.

Desde que me encontraba en la casa de la familia, Amaya, la madre del muchacho, había venido cada día a interesarse por mi estado de salud, a pesar de que era evidente de que yo la disgustaba. Por lo que me contó Nozomi, ella y su marido vivían en el pueblo con sus otros hijos, porque los únicos que tenían derecho a ocupar la casa familiar eran los que se hacían cargo del santuario a la diosa Gea que la familia tenía a su cuidado. Amaya y su marido eran médicos y aunque sus posibilidades eran muy reducidas, lo cierto era que la mujer sabía lo que se hacía.
Aun así, supe enseguida que esa visita iba a ser diferente a las anteriores, no sólo porque yo ya me encontraba mucho mejor (los antiinflamatorios y los analgésicos que Nozomi me había traído de la nave me habían ayudado mucho con mis lesiones), sino por la petición que me había hecho su hijo el día anterior y que pesaba entre las dos como una losa.
Apenas tuve tiempo de entregarle el auricular, que Amaya soltó:
—¿Cuándo se va?
Intenté abordar la situación con calma:
—Nozomi me ha dicho que la pieza que necesito para arreglar el motor estará lista mañana. Así que si no sale ningún contratiempo y puedo colocarla sin problemas, supongo que mañana mismo.
—¿Y se llevará a Nozomi con usted?
—Imagino que eso tendrá que decidirlo él. Mi nave es grande y hay sitio de sobra, así que si quiera venir, puede hacerlo. No tengo ningún inconveniente en llevarlo hasta Puerto Espiral para que busque otra nave o para que encuentre trabajo.
Amaya apretó los labios, intentando mostrarse serena, aunque la tensión se le escapaba por todos lados.
—Pero su lugar es aquí. El sacerdocio es un oficio que pasa de generación en generación dentro de la familia. Mi madre es la sacerdotisa. Mi hermana la sucederá cuando ella ya no pueda hacerse cargo. Y mi hijo sucederá a mi hermana. Es como debe ser.
La explicación me pareció tan aberrante que en un primer momento no supe qué responder.
—Pero supongo que él tendrá algo que decir al respecto.
—¿Algo al respecto?
—Sobre si quiere continuar con el legado familiar.
—Bueno, sí. Podría haberlo dicho cuando era más joven, antes de que lo eligiéramos como sucesor. Pero a él le estaba bien, porque de todos modos no había nada que quisiese hacer. Lo único que le gusta hacer era mirar las estrellas y leer esos condenados libros sobre el espacio.
La mujer hizo una pausa y por un momento pareció que iba a romper a llorar. Pero de algún modo se contuvo y encontró las fuerzas suficientes para decir:
—Es culpa mía.
—¿Culpa tuya?
—Su obsesión con el espacio. Yo era igual a su edad. Como cuidadores del santuario tenemos acceso a escrituras y libros antiguos. Yo misma crecí leyendo esos libros que hablaban de la antigua Tierra, del espacio y de las naves espaciales; del universo entero. Y crie a mis cuatro hijos con esa misma obsesión. Les puse nombre de estrella a todos ellos menos a Nozomi, porque él fue un caso especial. Y es curioso que precisamente él haya acabado heredando mi obsesión.
—Pero eso no es malo.
—Sí lo es. Obsesionarse con sueños imposibles sólo acarrea sufrimiento para el que sueña. Nunca debí mostrarles ese camino a mis hijos.
Decidí no insistir más, porque tampoco sabía cómo rebatir sus argumentos sin lanzarle en cara que razonamiento estaba mal desde la mismísima base. ¿No enseñarles a soñar para evitarles el dolor? ¿Qué clase de crueldad era esa?
—¿Puedo preguntarle cómo es el espacio?
Su pregunta me cogió desprevenida. La miré y por un momento me compadecí de ella, porque me dio la impresión de que estaba atrapada en una vida que la hacía infeliz. Pero me reproché el pensamiento. Aunque era tan diferente a mí, yo podría haber sido ella en otra realidad, en otra vida. Yo misma era una infeliz. ¿Quién era yo para juzgarla?
—Es… triste —dije.
—Hace que parezca un lugar horrible.
—No más horrible que cualquier otro lugar, en realidad. Vivir en una nave no tiene nada de especial. Me paso la mayor parte del tiempo sin nada que hacer, leyendo libros sobre historia, soñando con lugares que me gustaría visitar y que nunca visito porque no tengo tiempo. Y mi única compañía es una IA a la que quiero como a un amante pero que ni siquiera puede devolverme un abrazo cuando me siento sola.
—Pero puede ir a cualquier parte.
—¿De verdad? ¿Cómo? ¿Qué dinero va a llenar mis despensas de alimentos? Si quiero sobrevivir no me queda otra que trabajar: viajar adónde me digan y arrastrarme para que me paguen.
—Entonces busque un lugar y quédese allí. O un marido. ¿Ha pensado alguna vez en casarse y tener hijos?
La asociación de ideas me pareció curiosa. Casarse y tener hijos. No hacía falta casarse para tener hijos. Como tampoco hacía falta tener hijo si te emparejabas (eso de «casarse» sonaba a ritual antiguo). Los hijos sólo hacía falta querer tenerlos. Algo que yo nunca había querido.
—Estuve casada hace mucho tiempo. Con un verde.
—¿Un verde?
—Es una raza alienígena. Son parecidos a los humanos, pero tienen la piel de color verde porque se alimentan parcialmente por fotosíntesis. Por eso los llaman verdes.
Amaya puso cara de horror.
—¿Tanto te disgusta? —le pregunté.
—No, yo… Disculpe mi grosería. Me ha parecido…
—¿Extraño? ¿Anormal?
—No, no.
—Si te digo la verdad las uniones entre especies no son muy comunes. Es difícil que se den las condicione necesarias para que algo así pueda funcionar. Pero en mi caso, era la única unión posible para mí. Y Jaff decía que también para él.
—Oh. Vaya. Nunca había imaginado que… ¿Y puedo preguntarle qué pasó?
—Murió.

La pieza relucía como el agua del arroyo en verano. Cuando se la tendí a Adam, las manos me temblaban por el nerviosismo. Ella la cogió y la examinó. Después me ofreció el botón que hablaba; auricular había dicho que se llamaba.
—¿Vas a venir? —me preguntó, una vez me lo hube puesto.
Yo me volví. Madre, la abuela y la tía Hana me observaban expectantes. Las tres habían venido a ver cómo se desenvolvía la situación, y aunque no entendían lo que nos decíamos, sabían muy bien de qué hablábamos.
La idea de no volver a verlas, ni a ellas ni al resto de mi familia, se me hacía insoportable. Además, ¿quién sucedería a la tía Hana si yo me marchaba? Mis hermanos mayores se habían convertido en médicos, como mis padres. Mis primos estaban ya casados y con hijos. Y mi tía Hana nunca había llegado a casarse. Si la familia no encontraba a un heredero o a una heredera habría que buscarlo fuera y renunciar al cuidado del templo. Y eso me entristeció.
Pero la llamada del universo era demasiado intensa. Llevaba toda la vida esperando la oportunidad que ahora se abría ante mí. Si no la aceptaba, moriría en vida.
Por eso hice lo único que podía hacer: tragué saliva, volví la vista al frente y di un paso hacia Adam.

—Por supuesto —repuse.

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