Por qué voy a votar el 1-O

A raíz del referéndum del 1 de octubre por la independencia de Catalunya os quiero decir algunas cosas, no como reproche, sino como la expresión de unos sentimientos que tengo dentro.
Me siento decepcionada con la repercusión que está teniendo todo esto en España, pero me siento especialmente decepcionada por lo que estoy viendo en mi TL de Twitter estos días. Me siento decepcionada y me siento incomprendida, como catalana e independentista que soy.
Como dije hace algunos días, a nosotros nadie nos ha manipulado para ir a votar, ni para salir a la calle a protestar, ni por querer algo mejor de lo que tenemos. Nadie nos coacciona, nadie nos obliga a tomar partido, nadie nos violenta y nos pone contra el resto de España. Y me molesta mucho que así lo crea tanta gente, porque nos ponéis de personas incapaces de tener sus propias ideas, de tomar sus propias decisiones.
Yo voy a ir mañana a votar en un referéndum que llevo esperando toda mi vida consciente. Y tengo 33 años, así que eso es un tiempo relativamente largo, unos 16 o 17 años. A mí nadie me ha manipulado para pedir ese derecho a voto ni para ir a ejercerlo.

Urna para la votación del 1-O

Otra cosa que me ha hecho sentir muy decepcionada ha sido que la mayoría de menciones que he visto al respecto del referéndum han sido:
  • Jijis y jajas sobre Piolines y demases.
  • Quejas sobre “hay marchas con banderas y cánticos falangistas” o “la izquierda española debería dejar de pelearse y centrarse en este nuevo auge del fascismo”, todo centrado en lo que ocurre en España.
  • Opiniones de gente que no conoce bien la realidad de Catalunya, pero que se cree con la capacidad de opinar al respecto.
  • Gente diciendo que no quieren que Catalunya se vaya de España.

Reírse está bien, cuando también te tomas en serio el problema. Quejarse sobre el auge del fascismo está bien, pero ese no es el tema ahora. Todos somos libres de opinar, pero mejor informarse un poco antes de hacerlo.
Y, sobre el último punto, la elección de Catalunya de irse de España es algo que no concierne al resto de España, sólo a los catalanes. A todos los catalanes, pero sólo a ellos. Por poneros un ejemplo, cuando alguien quiere irse de casa porque no se siente cómodo no se pregunta al resto de la familia si van a permitir esa marcha, se le pregunta a la persona afectada.

Dejando a un lado 2 excepciones, en mi TL de Twitter no he visto a nadie interesarse por el tema, por los motivos, por lo que hay detrás de todo lo que está ocurriendo. No he visto a la gente preguntar “oye, ¿por qué os queréis ir? ¿Qué está pasando?”. Y eso me parece muy triste. Porque si a mí me vinieran un día y me dijeran, por ejemplo, que la Vall d’Aran se quiere independizar de Catalunya, lo primero que me vendría a la cabeza es preguntarme por qué y ver si eso tiene alguna solución, si se puede hacer algo para arreglar el descontento que les ha llevado a tomar esa decisión. Y si eso no fuera posible no quedaría otra que desearles una buena marcha.

¿Y por qué nos queremos ir? No hay una única respuesta a esa pregunta. Cada persona tendrá la suya.

Yo, por circunstancias vitales, escribo en castellano. Cuando era joven no encontré mi espacio en el mundo literario catalán, porque me tiraban los géneros maravillosos y aquí no había un espacio sólido para ellos. Por eso empecé a escribir en castellano, porque era mi segunda lengua y con ella tenía la posibilidad de hacer llegar mis escritos a más gente y de conectar con más seguidores de géneros fantásticos.
Pero, a pesar de eso, a pesar de que respeto mucho la lengua española, de que disfruto mucho siendo parte del fandom fantástico de España, de que ha llegado un punto en el que me siento muy cómoda escribiendo en castellano (aunque a veces siga soltando catalanadas o se me olvide cómo se dicen algunas palabras), mi lengua es el catalán.
El catalán es la lengua que uso diariamente, con la que escribo en el trabajo, con la que hablo, con la que pienso. Es la lengua que moldea mi día a día. Como la moldea también la cultura catalana.

Hacer cagar el tió en Navidad, comprar libros y rosas en Sant Jordi, celebrar la noche de Sant Joan para empezar el verano, ir a buscar setas en otoño.
Que los de ciudad bajen a la Costa Brava y a la Costa Daurada en agosto, que las carreteras de Puigcerdà y de la Vall d’Aran se llenen de coches cuando empieza la temporada de nieve.
Montserrat, Poblet, Tossa de Mar, Castell Follit de la Roca, el mar y la montaña a un paso. Los parajes fantásticos que tiene este pequeño país.
Comer calçots, comer caracoles, comer setas y comer erizos. Empedrat, bacalao con pimiento y tomate y pan con tomate y escalibada. Panellets, coca de Sant Joan, crema catalana y carquiñolis.
Tomar un chupito de ratafía y una Moritz.
Cantar Plou i fa sol, Boig per tu, L’Empordà. Escuchar sardanas en la radio el sábado por la mañana.
Ver el Club Super 3, el Polònia o el 324.
Que Los pitufos sean Els barrofets, y que Piccolo sea Cor Petit.
En Mic, Les tres bessones y En Dragui.

Dragui

Me podría estar hasta mañana contándoos cosas de la realidad catalana, de esos pequeños detalles que colman nuestro día a día. Pero sólo quiero que os hagáis una idea. No se trata de odio, se trata de amor, de amor por nuestra tierra y nuestra cultura. De querer seguir preservando todo esto. Y puesto que sentimos que, tal y como están las cosas ahora, no vamos a conseguirlo, porque no tenemos el apoyo necesario, porque nuestra lengua y nuestra cultura son frágiles y corren el peligro de ser arrasadas, queremos irnos. Para encontrar nuestro lugar en el mundo.   

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