Relatos: Verde


Este es el relato que presenté al Alucinadas 2017 y al Premio Ripley 2018. Forma parte de un conjunto de relatos ambientados en el mismo universo, que podéis leer también en mi blog: Puerto Espiral y Ese planeta, esa nave.
Cuenta la historia de amor entre una humana y un suivibá (una especie alien), y de las dificultades que se encuentran en su relación por ser de dos especies distintas.


I.


—Hola, soy Jaf. Mucho gusto.
De ese modo se me presentó aquel día de hacía un porrón de años estándar cuando Kelvin, el jefe de departamento de ingeniería y mecánica de la estación Riks, me llamó a su despacho y me la endosó como si fuera un paquete que nadie quería.
La miré de arriba abajo, porque nunca antes había visto a una verde en persona.
Era muy alta y tenía una constitución humanoide esbelta. Llevaba puesto el mono de trabajo de la estación y por el cuello del mismo asomaba algo parecido a musgo, que le crecía por allí y también en la cabeza, como si fuera una melena rizada de la que escapaban hojas como tocados.
Me tendió una mano de cinco dedos, algo que me sorprendió mucho porque las suivibás sólo tenían tres.
—Yo soy Adamantina — le respondí, mientras le devolvía el apretón—. Pero puedes llamarme Adam.
Me fijé en que los dedos no eran lo único que la diferenciaba del resto de las de su especie. Se había hecho varios cambios estéticos para humanizar sus rasgos, como achatarse la nariz o empequeñecerse la boca. Además, escondía sus diminutos ojos de botón detrás de unas gafas. Lo que no se había retocado eran las orejas, largas y puntiagudas, que asomaban entre el musgo, dándole un aspecto de duende o de hada de las que aparecían en los libros antiguos y que nadie recuerda ya de dónde habían salido.
Kelvin había dicho que estaba convencido de que la suivibá y yo nos llevaríamos muy bien. Odiaba ese tipo de comentarios. ¿Por qué iba a llevarme bien con esa recién llegada? ¿Porque las dos éramos mujeres? ¿Habría una razón oculta? Yo no tenía dotes diplomáticas, pero por algún motivo siempre terminaban encasquetándome tareas como aquella.
De todos modos, la verde necesitaba un guía y alguien tenía que hacer el trabajo. Así que me la llevé conmigo al salir.
—Ven, te enseñaré donde está todo —le dije, mientras nos dirigíamos al hangar principal—. ¿Sabes ya dónde vas a dormir? Si me das la dirección puedo acompañarte; los apartamentos están en el sector cinco, pero es complicadillo llegar hasta allí. Seguro que estarás cansada y quieres echarte un rato.
—Cansado.
—¿Cómo?
—Que seguro que estaré cansado.
Me llevó un buen rato procesar la información, como si no acabara de encontrarle sentido a lo que me decía. Pero cuando lo hice fue como un clic. O más bien como un gong.
—Oh… ¡Oh! ¡Joder! ¡Per-perdona! Como Kelvin dijo que… De verdad que lo siento mucho. No debería haber asumido tu género. Y menos aún siendo Kelvin el que nos ha presentado. Nunca se entera de nada.
Jaf me sonrió con esas sonrisas que dicen “aunque me ha molestado, no te lo voy a tener en cuenta”.
—Tendrías que habérselo dicho. Le va a contar a todos que eres mujer.
—¿Corregir al jefe en el primer día de trabajo? ¿Estás de broma? Ya iré corrigiendo al resto cuando se me presente la oportunidad.
Nos echamos a reír.
—Perdona mi ignorancia, pero pensaba que las suivibás erais todas mujeres.
—Es algo que piensa mucha gente. Verás, lo cierto es que en Ómpia el concepto de género no existe.  Aunque las de mi especie se refieren a sí mismas en femenino cuando hablan en vuestra lengua, es sólo porque incorporamos vuestra concepción del género. Vosotros nos llamáis mujeres planta y por eso nos dirigimos a nosotras mismas como mujeres. Pero para nosotras eso no tiene mayor significado.
—Y entonces… ¿por qué usas el masculino? ¿Tiene algo que ver con el sexo?
No fue hasta que lo hube dicho que me di cuenta que acababa de ser muy descortés
—Oh, perdona. Esa pregunta ha sido demasiado personal. No quería ser indiscreta.
—No te voy a decir que no —sonrió—. Pero como me has caído bien te lo voy a contar.
»Aunque es cierto que las suivibás nacemos todas hembras, al llegar a la edad adulta algunas de nosotras cambian de sexo para poder fecundar a las demás. Las que han cambiado pueden regresar a la fase de hembra o pueden permanecer en la de macho. Pero esos cambios no afectan nuestras características físicas. Es un tema meramente reproductivo y seguimos siendo las mismas.
»Yo ahora mismo estoy en fase de hembra, aunque también he pasado por una fase de macho. Pero, como te he dicho, esos cambios no afectan a mi concepción sobre mí mismo.
»De todos modos, yo no soy una suivibá normal. He vivido muchísimos años como humano y como puedes ver —levantó las manos y me mostró las palmas—, he incorporado a mi vida muchas cosas de vuestra cultura y especie. Por eso, a pesar de mi sexo o de mi especie, a pesar de que no tengo órganos sexuales humanos, sé que soy un hombre. Y por eso me dirijo a mí mismo en masculino.

A pesar de aquel inicio tan accidentado, descubrimos que,  tal como había predicho Kelvin,  Jaf y yo nos llevábamos muy bien.
Las visitas guiadas por la estación acabaron convirtiéndose en largas charlas durante el almuerzo. Nos gustaba hablar de todo: de naves espaciales, de política estelar, de cotilleo, de historia.
Fue durante esas charlas que fui dándome cuenta a qué se refería Jaf cuando me había dicho que él no era una suivibá como las demás.
—Ni siquiera nací en Ómpia —me confesó un día, unos meses después de llegar a Risk—. En realidad soy de Nuevo Ter.
—Qué me estás contando.
—Lo que oyes —dijo, risueño—. ¿Has oído hablar de los intercambios culturales que organiza la Federación de Especies?
—¿No es ese programa en el que un grupo humano se va a vivir con alguna de las especies de la Federación y luego hacen lo contrario?
—Exacto. Los intercambios se hacen para promover el conocimiento mutuo entre miembros. Mis madres formaban parte del grupo de verdes que se marchó a vivir a la Unión de Planetas Humanos y nací durante los diez años que estuvieron en Nuevo Ter.
»Lo que ocurrió fue que a mí todo lo humano me caló demasiado hondo y cuando regresamos a Ómpia no podía quitármelo de la cabeza. Echaba de menos la escuela, las casas, la tecnología. Mi planeta es… muy distinto. También las relaciones lo son. Hay una gran conciencia de grupo y las individualidades no se ven con buenos ojos. Yo quería estudiar, pero la dirección de mi comunidad tenía otro camino pensado para mí; uno que a mí no me apetecía nada recorrer. Así que cuando cumplí los trece, solicité una beca a la Federación de Especies para terminar los estudios en Nuevo Ter y me fui.
—¿Te fuiste? ¿Solo? ¿A los trece años?
Jaf se rio, con ese sonido gutural tan característico suyo, que daba más la impresión de que se estaba ahogando que riendo.
—A los trece las suivibás son más maduras que los humanos.
—Eso es lo que dicen todos.
—Te lo prometo.
—¿Y cómo era tu vida en Nuevo Ter? Cuéntame, cuéntame.
—Hasta los dieciséis estuve con una familia de acogida, pero después preferí la residencia. Estudié la enseñanza básica, como todos los niños humanos. Y luego me especialicé en mecánica, como te puedes imaginar.
—¿Y no te sentías raro rodeado de humanos? ¿No echabas de menos Ómpia?
—No podía echar de menos lo que apenas conocía. Además, todos mis compañeros eran de mi edad y habían compartido sus primeros años de vida con la colonia de verdes en su comunidad. Así que estaban acostumbrados a nosotras. Mi presencia no se percibía como una intrusión. Fueron muy buenos conmigo.
—Ya. Pero me refiero a que aunque te tratasen bien. Los que te rodeaban no eran tu familia.
—Es cierto. Pero aunque las echase de menos, no podía volver, porque si lo hacía sabía el camino que me esperaba. Y no me gustaba. Yo había hecho mi elección y había elegido una vida fuera de Ómpia. Así que sólo me quedaba mirar hacia delante. 

II.

—Ahora en serio, ¿no os parece horrible que os llamen mujeres planta? —le pregunté un día en el que uno de los clientes de la estación lo había llamado así para requerir su atención.
Nos paseábamos por los pasillos-avenida de Risk después de una cena de compañeros, porque en la estación había muy pocos sitios donde alargar la velada y ese día no nos apetecía visitar ninguno de ellos.
Jaf se encogió de hombros.
—A mí no me lo parece. A las de mi especie nos gusta que nos llamen así. Tenemos mucho en común con las plantas y las sentimos como parte de nuestra familia. En nuestra lengua, suivibá significa “hijas de la Tierra”, porque, como las plantas, nacemos de ella. La religión suiba venera a la Diosa Tierra como ente de mayor poder. El elemento tierra es símbolo de fertilidad y prosperidad: es el que genera vida y después acoge los restos de esa vida muerta para generar más vida. Ese sobrenombre es casi como un halago.
—Pero las plantas no tienen inteligencia.
—Pero aquí no estamos hablando de inteligencia. No tendría mucho sentido comparar seres inteligentes con seres que no lo son. Imagino que la comparación viene de la parte física.
—No te digo que no. Pero no estoy segura de que todo aquel que use la expresión mujer planta lo haga en ese sentido.
—Creo que no termino de comprenderte.
—Pues que, como en todo, el significado de las palabras depende de quién las pronuncia y con qué intención. Y a veces resulta despectivo, como si quisieran ningunearos o trataros de inferiores.
—¿Cómo un insulto velado?
—Algo así.
—Nunca se me había ocurrido verlo así… ¿Tú lo has usado alguna vez de esa forma?
—¡No! Pero no hace falta haberlo usado así para saber que hay gente que sí lo hace, Jaf.
Nos envolvió un silencio denso. El pasillo-avenida estaba a oscuras. No es que realmente hubiera un ciclo de sol y oscuridad en la estación, pero la IA que la gobernaba se encargaba de simularlo.
—¿A ti te gustan las suivibás, Adam?
—¿Qué clase de pregunta es ésta?
—Es que siento curiosidad.
—Bueno, no lo sé. A la única que conozco es a ti. Y tú me gustas. Pero no sé si podemos decir que me gustan todas las suivibás.
—Tú también me gustas.
—Me alegro —respondí con una sonrisa.
Pero él estaba muy serio.
—No, no. Creo que no me has entendido. Me gustas en ese otro sentido.
Me detuve.
—En qué sentido.
—En el sentido romántico.
Me quedé sin saber qué decir. Después hice un gesto dramático, como si todo aquello me pareciera surrealista.
—Jaf, no puedo gustarte.
—¿Por qué?
—¡Porque no me conoces! ¡Y porque no sabes nada del amor!
Me miró con dureza, torciendo el gesto y frunciendo unas cejas que no tenía. Siempre me sorprendía de su capacidad de mímica. Su expresividad era exactamente igual que la de los humanos, aunque dibujada en su rostro tuviera un efecto un tanto diferente.
—¿Cómo puedes decir que no te conozco? Hace dos años que trabajamos juntos. En estos dos años hemos almorzado juntos prácticamente cada día. Sé que te encanta la historia, que tu escritora favorita es Oggari y que tu sueño secreto es descubrir el paradero de la Tierra. He estado en tu apartamento infinidad de veces. Sé que tomas el café cargado por las mañanas y que te gusta beber whiskey de Magallanes cuando sales. Sé que…
—Vale, vale.
En eso tenía razón. Jaf era la persona que mejor me conocía en todo el universo. En los dos años que llevábamos trabajando juntos en Risk había pasado de seguirme como un perrito faldero allá donde iba a convertirse en mi mejor amigo.
—Y tampoco puedes decir que no sé nada del amor —añadió, al poco—. Es cierto que soy un suivibá, pero el amor no es algo exclusivo de los humanos. Nosotras también podemos querer. Y aunque nunca haya vivido una historia de amor, sé perfectamente lo que se siente cuando te gusta alguien.
—¿Y qué se siente?
—Se siente amistad y compañerismo. Se siente que estás bien con la persona que te gusta y que quieres pasar más tiempo con ella. Quieres pasar todo el tiempo con ella. Pero también se sientes un burbujeo aquí —se señaló la parte superior de su espalda, donde hacía un par de meses le crecían unas flores rojas muy llamativas entre el musgo— que se expande por todo el cuerpo y te hace sentirte como si hubieses bebido demasiado y sólo tuvieses ganas de reír.
—Pero yo soy humana, Jaf. Y tú eres un verde.
—¿Y? ¿Es que existe alguna ley que diga que las suivibás y los humanos no se pueden gustar?  ¿Es por mi aspecto físico? —Se echó un vistazo a sí mismo. Ese día no llevaba el mono gris sino una especie de túnica que se había puesto de moda ese ciclo—. ¿O es por el sexo? ¿Necesitas un compañero humano que te dé placer?
—¿Qué? ¡No! ¡NO! ¡Ni siquiera me interesa el sexo! —dije, más alterada de lo que habría querido. Luego me serené un poco—. No es algo que busque en una relación: soy asexual. No sé si hay suivibás asexuales en Ómpia, pero estoy segura de que sabes de qué te hablo.
Lo sabía y por eso ni siquiera se molestó en afirmarlo o desmentirlo. En vez de eso, me preguntó:
—Entonces, ¿es que no te gusto?
Claro que me gustaba. Y lo curioso es que no tenía ni idea de cómo había acabado enamorada de él. Había sucedido sin darme cuenta y hasta que él no le había puesto nombre a aquel sentimiento ni siquiera me había molestado en definirlo por mí misma. Creo que lo que pasaba es que inconscientemente no quería definirlo.
Pero una relación con él… Sólo de pensarlo me sentía cansada. Jaf era como un niño demasiado entusiasta; era como mirar el sol directamente.
Yo no era tan mayor. Pero aquella relación fallida que había tenido antes de irme a trabajar a Risk me había hecho envejecer cien años. El tipo con el que había salido parecía muy majo, pero al final resultó que lo único que le importaba era él mismo.
Además, estaba ese mantra que se repetía en mi cabeza con la voz de mi madre: «las relaciones interespecie siempre acababan mal».
Cuando era más joven siempre la acusaba de especista; me gustaba sentirme moralmente superior a ella echándole en cara lo mala persona que era por pensar así. Pero lo que de verdad me molestaba era que, de algún modo, había conseguido plantar su semilla del rencor en mi cabeza. ¿Quién era la especista ahora? Me  había convertido en mi madre.
Fue precisamente ese pensamiento el que me empujó a rebelarme.
—Esto va a salir mal —dije, sin dirigirme a nadie en particular.
Y cogí a Jaf de la mano y lo arrastré detrás de mí. Nuestro paseo nos había llevado cerca de mi apartamento, así que lo llevé hasta allí.
Lo primero que hice al entrar fue ponerme una copa llena hasta arriba de whiskey. Él no bebía alcohol, pero sí una especie de infusión de huevos de chalotí que le producía un efecto parecido. Y en la cena se había puesto hasta el musgo de eso.
Me aferraba a la idea que si los dos nos emborrachábamos lo suficiente, a la mañana siguiente creeríamos que todo había sido un sueño. Quizás eso me daría tiempo suficiente para presentar la dimisión y tomar una nave a cualquier parte. Encontrar trabajo no sería difícil; los mecánicos de Risk teníamos mucha fama. Podría huir, como había huido de mi madre, de mi padre y de ese tipo que me rompió el corazón. Podía seguir huyendo para siempre porque el universo era infinitamente grande.
Pero no me fui a ninguna parte.
Sentados en el sofá de la salita, Jaf me abrazó. Su temperatura, más fría que la mía, me estremeció. No me gustaba demasiado el contacto y él se pasaba el día agarrándose a todo el que pasaba por su lado; no podía decir que me hubiese acostumbrado a ello, pero se hacía menos molesto que con otras personas. Ahora casi me sentía bien entre sus brazos. Tan bien que podría haberlos dejado ahí para siempre.
—¿Las verdes queréis para toda la vida?
—En general, no. Pero hay excepciones. ¿Quieres que te quiera para toda la vida?
—No lo sé. Pero me gusta la estabilidad. No quiero que esto sea un rollo de una noche. O de una temporada. Quiero que sea largo. Todo lo largo que dé de sí.
—Entonces… ¿quieres que haya un esto?
Para evitar la respuesta, le cogí la mano izquierda y se la besé. ¡Lo que hace el alcohol! O el amor. O los dos.
—¿Por qué lo de las manos?
—¿Y por qué no? Son más prácticas que las manos de la verdes. Con tres dedos es difícil trabajar de mecánico.
—¿Pero no es eso como traicionar a las tuyas?
—¿Crees que por tener manos humanas soy menos verde?
—No, no lo creo. Además, da igual. Tú eres tú. Tengas tres dedos o  tengas cinco.
—Pero te aseguro que mi nariz actual no te gustaría mucho más que la anterior.
—Esa frase no tiene sentido.
—Que mi nariz, que seguro que te gusta más antes que ahora. Ahora que antes.
Nos reímos como dos tontos.
—Me gusta tu nariz.
—Dime que te gusto.
—Me gustas.

III.

—Vayámonos lejos.
A Jaf le gustaba murmurar aquellas dos palaras cuando estábamos tirados en el sofá de mi apartamento y yo le acariciaba las flores de la espalda, algo que le encantaba y le hacía emitir una especie de ronroneo constante de felicidad.
—¿Y adónde vamos a ir?
—A buscar la Tierra.
Mi apartamento se había convertido en nuestro santuario y siempre que podíamos nos refugiábamos en él para huir del mundo exterior.
Yo estaba acostumbrada de vivir en espacios pequeños; me había criado en una nave de transporte. Y Jaf aborrecía cada vez más la vida en la estación espacial. Decía que le resultaba cansina. La energía arrolladora que lo envolvía cuando llegó a Risk había ido disminuyendo a medida que pasaba el tiempo y nuestra relación se afianzaba. Era como si una parcela de su vida estropeara irremediablemente la otra.
Aunque yo sabía que no era por eso.
Lo que ocurría era que nos habíamos convertido en especies de estudio, de las que se muestran en hologramas en los museos y de las que la ciencia habla con una frialdad clínica. Y aquello  le robaba la energía a cualquiera.
No éramos la primera pareja interespecie del universo. Ni mucho menos. Había parejas interespecie a patadas. Pero Risk era un lugar pequeño, lleno de humanos, y a la gente le gustaba hablar. Por no decir que Jaf era de las únicas suivibá que vivían fuera de Ómpia y que abrazaban la cultura humana con tanta pasión. Todos los curiosos que pasaban cerca de la estación querían conocerlo.
Lo peor de todo era que había quién no se cortaba un pelo a la hora de hacer preguntas, y de hablar y hablar de nuestra vida en pareja, sin conocer en verdad ningún detalle sobre la misma.
¿Vais a inscribir vuestra unión en el Registro de Relaciones Sentimentales? ¿Adoptaréis algún niño? ¿Un humano o una suivibá? ¿Tenéis relaciones? ¿Cómo lo hacéis? ¿Cómo es vuestra vida en común? ¿De qué habláis cuando estáis juntos? ¿Cuando tenéis un conflicto cultural, cómo lo resolvéis? ¿Es difícil convivir con alguien de una especie diferente?
Preguntas, preguntas, preguntas. Y en el fondo nadie preocupándose de verdad por nosotros.
Así que al final decidimos largarnos.
—Lejos, muy lejos.

Compramos una nave, o, mejor dicho, la compró el departamento de crédito de la Asociación de Transportistas de los Anillos y nosotros quedamos endeudados de por vida para poder devolver ese préstamo. Pero éramos libres. Todo lo libre que se puede ser cuando se está atado de pies y manos para cumplir plazos.
La nave no era nueva, pero estaba en muy buen estado y la habían remodelado a fondo.
—¿Cómo la vamos a llamar? —preguntó Jaf emocionado, la tarde en la que firmamos el contrato de compra y nos paseábamos por nuestra recién adquirida pequeñuela.
—No sé. ¿Plata?
—Y qué te parece… ¿Bala de plata?
—Bala de Plata. Me gusta.
—¿Y adónde podríamos ir con la Bala de Plata para celebrar su botadura?
—Nuestro primer destino es Akai y ya vamos tarde. Por si no te acuerdas, tenemos que recoger el cargamento antes de dos meses estándar o no nos van a pagar. Y si no nos pagan no sé cómo pagaremos nosotros el crédito, el combustible y la comida para el siguiente viaje.
—Pero hay tiempo de sobra.  Akai está sólo a un mes de camino. Y a mí me gustaría ver Puerto Espiral. Nos viene de paso.
—¿Puerto Espiral?
—¿Lo conoces?
—Sí. Estuve algunas veces de niña.
—En Nuevo Ter había una mujer que había nacido en Puerto Espiral y siempre me hablaba del lugar. Por eso decidí que sería el primer sitio que visitaría cuando pudiese. Aunque hasta ahora no había tenido la oportunidad.
—¿Y no preferirías visitar Ómpia y ver a tu familia? También queda más o menos cerca de nuestro destino. Creo que podríamos permitirnos el desvío.
Jaf no respondió y entonces caí en la cuenta de que nunca hablaba de Ómpia. Pensé en la última vez que había mencionado algo de sus madres, pero no pude recordarla.
Yo sí mantenía el contacto con mis padres.  A él hacía como diez años que no le había visto en persona, desde que me harté de vivir con él y me fui en busca de fortuna (y acabé encontrando a la Mala Fortuna). De todos modos nos llamábamos relativamente a menudo. A mi madre sí la veía. Ella tenía una nave de producción y transporte en la que vivían un buen puñado de familias que se dedicaban a la orfebrería. Tenían rutas fijas de venta y cuando su viaje las llevaba cerca de Risk, siempre pasaba a visitarme.
Aunque, a decir verdad, todavía no le había contado lo mío con Jaf porque tenía miedo de su reacción. Pensaba hacerlo ahora que me había comprado una nave y me disponía a seguir sus pasos.
—¿Cuánto hace que no hablas con tus madres? —pregunté, al final, cuando el silencio se había hecho incómodo.
—Mucho.
—¿Por qué?
Jaf se tomó un momento antes de responder. Cuando al fin lo hizo uso un tono y un posado distantes:
—Las suivibás somos muy cerradas. Siempre nos mantenemos al margen. Y aunque tenemos relaciones diplomáticas respetuosas con el resto de especies, alzamos un muro muy alto para aislarnos del resto de la galaxia. No te puedes imaginar el gran paso que supuso el intercambio que organizó la Federación. Cien años atrás hubiese sido impensable dejar entrar humanos en Ómpia.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Ahora imagínate cómo se tomaría una cultura tan cerrada el hecho de que una de las suyas decidiera abandonar su planeta para irse a vivir con una especie extraterrestre. Una especie que, sin ir más lejos, destruyó su propio planeta en un alarde de insensibilidad  y desprecio absoluto por la naturaleza. No hay mayor aberración para las verdes que el maltrato a la Madre Tierra. Y la humanidad llevó ese maltrato sistemático al extremo de muerte cuando convirtió su planeta en una piedra yerma y sin vida.
—Pero tus madres participaron en el intercambio, ¿no? Saben que en realidad los humanos no somos todos iguales. Que también hacemos cosas buenas y que hemos aprendido de nuestros errores.
—Las suivibás no piensan lo mismo. No puedo decir que el intercambio fuera un fracaso, pero en Ómpia sólo sirvió para que las de mi especie vieran confirmados sus temores para con los humanos. Creen que todavía os queda un largo camino por recorrer. Y por eso no entienden que yo pueda interesarme por vosotros; no lo ven normal ni aceptable.
—Pero seguramente tus madres…
—Para ellas no existo, Adam. Para Kiraf soy una vergüenza y para Jaill, un ignorante al que han lavado el cerebro. No he hablado con Kiraf desde que me fui de Ómpia. Jaill sí que me escribía a veces. Pero cuando terminé los estudios y decidí buscar trabajo también dejó de hacerlo. Estoy seguro de que creía que lo mío era un capricho juvenil y que cuando hubiese acabado la enseñanza regresaría a Ómpia. Pero no lo hice. Y al final me dio por perdido.
A medida que Jaf iba hablando yo me iba sintiendo más y más culpable por haber sacado el tema. Y también más triste por él.
—Lo… lo siento —balbuceé, porque no sabía qué más podía decirle en aquellas circunstancias.
—¿Te acuerdas de aquella vez, cuando me preguntaste si lo de los cambios estéticos no era como traicionar a las mías? Eso es precisamente lo que piensan mis madres. Creen que lo que he hecho es una muestra de odio a mi especie. Y que, por lo tanto, no merezco un lugar ni en Ómpia ni en su comunidad.
Hice mío su dolor y lo abracé con cuidado.
—Lo siento, Jaf. Seguro que te sabe a poco, pero sabes que siempre habrá un lugar para ti en la Bala de Plata. Y también en mi corazón.

IV.

—Estoy enfermo.
Es curioso como dos simples palabras pueden llegar a dar tanto miedo, ¿verdad? Un pánico que te sube por el esófago hasta el cuello y no te deja respirar.
—¿Qué?
—Creo que es mortal.
—¿Cómo lo sabes?
—Vi a una mujer de mi comunidad morir de los mismos síntomas.
Que las suivibás tienen un sistema inmunitario débil era algo que había ido aprendiendo con el paso de los años y la convivencia con Jaf. Las de su especie enferman con facilidad y, aunque pueden llegar a vivir doscientos años estándar si no tienen ningún problema de salud, muchas mueren  jóvenes.  
Y es que, a pesar de que la cultura ompiana es relativamente avanzada tecnológicamente hablando, las verdes no han desarrollado un sistema médico eficaz que prevenga y cure enfermedades.
El intercambio cultural que organizó la Federación de Especies trajo consigo algunos avances en ese sentido, pero las suivibás no los aplican, ni producen a gran escala los medicamentos  que los ingenieros médicos diseñaron para ellas.
—Pero, ¿cómo ha podido ocurrir? Comprobamos el aislamiento de las bodegas durante la última parada y también cambiamos los filtros del sistema de ventilación. ¿Te has estado tomando las vitaminas? Y los baños de luz solar, ¿los haces cada día? A lo mejor tu traje integral tiene algún problema. ¿Notaste algo cuando bajamos en Tres Soles? Tiene que haber algo para tratarlo, tiene que haber algún medicamento o algo que podamos hacer.
Mientras hablaba, me puse a buscar en mi dispositivo de comunicación portátil alguna solución, moviendo los dedos por encima de la pantalla de forma compulsiva, sin siquiera atinar las teclas correctas porque las manos me temblaban de puro nerviosismo.
Pero, por más que buscaba, no aparecía nada.
Nada de nada.
De todos modos, Jaf ya lo había hecho antes y conocía la respuesta: sí, existía un medicamento. Pero no era un medicamento que pudiéramos producir con el generador genérico que llevábamos en la nave. Porque los parámetros y productos químicos de que disponía al aparato no contemplaban las enfermedades suivibás.
Las suivibás no usaban medicamentos, ni tampoco generadores genéricos en naves espaciales, porque nunca salían de Ómpia.
Fue entonces cuando sus palabras hicieron auténtica mella en mí y mi cerebro empezó a aceptar la realidad: Jaf estaba enfermo, era una enfermedad mortal y no había cura.
Sentí como la Bala se rompía en mil pedazos a mi alrededor y el vacío del espacio me ahogaba, helaba y me hacía estallar en mil pedazos.
—Jaf, no te puedes morir —sollocé.
Y me puse a derramar lágrimas mientras me aferraba a la pechera de su túnica.

A Jaf se le empezaron a caer las flores y a marchitar las hojas. El musgo que le crecía en la cabeza se secó y le aparecieron manchas marrones que se fueron esparciendo por todo el cuerpo. Fue un proceso increíblemente rápido que no había forma de parar.
Habíamos interrumpido nuestra ruta y habíamos puesto rumbo al planeta más próximo donde poder encargar que nos sintetizaran el medicamento en cuestión, pero todavía nos separaban tres semanas de viaje.
No íbamos a llegar a tiempo.
Y, por supuesto, no lo hicimos.
—Eh. No ha estado tan mal, ¿no? Lo de querer a un verde.
Me aguanté el llanto, que me subía por la garganta, y negué con la cabeza.
No, no había estado tan mal. En realidad habían sido los diez años más felices de mi vida. Me alegraba de haber sido lo suficientemente estúpida (o quizás lo suficientemente lista) de no haberlo apartado de mi lado aquella noche en la que me dijo que le gustaba.
—Quiero que me prometas una cosa: que vas a encontrar la Tierra. No ahora. Ahora puedes llorar, si quieres. También puedes estar triste. Pero dentro de unos años, cuando todo haya pasado, cuando yo sólo sea un recuerdo bonito o una foto que encuentres de casualidad mirando carpetas viejas, quiero que emprendas un viaje y la encuentres.
No quería prometérselo, porque tenía miedo que después de su muerte todo lo que rodeaba la Tierra y su historia dejara de tener sentido para mí. Siempre había sido algo nuestro.
Pero aun así se lo prometí, y no sólo por él, sino porque aquella promesa sería lo único que nos quedaría.
—La voy a encontrar.
Y Jaf sonrió, dejándose caer en un sueño profundo del que ya no despertó.

Comentarios

  1. Me ha parecido súper tierno y me he quedado con ganas de saber mucho más <3

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