miércoles, 26 de octubre de 2016

Puerto Espiral


Este es un relato que me publicaron en la Revista Inari nº4. Ha sido ligeramente modificado respecto al original.
Cuenta la historia de una chica que vive en un planeta llamado Puerto Espiral y que quiere irse a surcar el espacio en busca de aventuras.

(c) NASA's Earth Observaroty - Flickr


Es curioso que en Puerto Espiral, una ciudad-espaciopuerto de gran afluencia donde las naves interestelares aterrizaban por doquier, nunca se veían las estrellas.
Situado en el sistema solar 176503, el planeta X-176503 (cobijo de Puerto Espiral y hermano de los planetas Y-176503 y Z-176503) daba vueltas alrededor de una enana blanca a la que todos llamaban Sol por nostalgia. Pero X-176503 (o X a secas, que era como lo conocía todo el mundo) tenía una relación astrosíncrona con Sol y por eso siempre le mostraba la misma cara a la estrella (como ocurriese con la Luna alrededor de la Tierra).
De ahí que en Puerto Espiral, ubicado en la parte iluminada del planeta, nunca se hacía de noche.
Ava vivía en la peculiar ciudad donde nunca se ponía el sol. Tenía veinte años, dos meses y cuatro días. Lo sabía porque la cadena que pendía de su cuello desde el día en que la abandonaron en el hospicio de Puerto Espiral tenía gravada esa fecha junto a su nombre. No tenía muy claro si había nacido en X o su madre, como los miles de viajeros que pasaban por allí cada día, había desembarcado de una de las naves espaciales y, sin saber muy bien qué hacer con ella, la había dejado allí.
Pero a ella no le preocupaba demasiado el asunto de su madre (ni de su padre, si lo tenía), lo único que de verdad le importaba era abandonar Puerto Espiral y tomar alguna de esas naves que descendían sobre el desértico X y después volvían a elevarse para perderse en el universo infinito.
Y no es que no le gustara el lugar donde vivía. El hecho de que planeta X poseyera las características perfectas para la vida (tanto humana como alienígena) y que estuviera situado en un punto estratégico (muy cerca de dos sistemas vecinos y también relativamente cerca de un pliegue espacial que conducía a la Vía Láctea) había convertido el lugar en uno de los puntos de paso más transitados de los alrededores.
Así, Puerto Espiral era, a pesar de todo, una ciudad interesante, con sus caóticas calles abarrotadas de tiendas y tenderetes, con sus cientos de estaciones de servicio, mecánicos y chapistas, con su mezcla de razas, olores, sabores y culturas. Un lugar en el que lo nuevo y lo viejo se entremezclaban y nada perduraba la suficiente para acordarte de ello ni siquiera un año después.
La vida no la trataba mal. El trabajo como reponedora de combustible en una de las cientos de estaciones de servicio que poblaban la ciudad era divertido y no la tenía encerrada entre cuatro paredes. Podía permitirse una vivienda propia y algún que otro capricho de vez en cuando.
Sin embargo, Puerto Espiral era siempre lo mismo.
La gente iba y venía. La mayoría de ellos visitarían la ciudad una sola vez en la vida, de camino a su destino. El resto, los de siempre, regresarían pasados unos meses o unos años, cuando su nave de transporte tuviese que llevar de nuevo provisiones al lugar o hacer escala en un viaje más largo. Además, dejando a un lado las impresionantes naves espaciales que surcaban sus cielos y de la gran afluencia de visitantes que recibían cada día, en X no había nada más. No había museos que visitar, no había lugares a los que viajar, no había paisajes que admirar. Y la vida de sus habitantes se reducía a una eterna rutina, salpicada de efímeros instantes de placer, ya fuera en bares de copas o conectado a alguna plataforma multimedia.
Por eso, cuando no tenía nada que hacer, Ava cogía su vehículo cuatro por cuatro (que técnicamente no era suyo, sino de la empresa) y se dirigía a la Cara Oscura de X, donde siempre era de noche y hacía frío, y donde sólo vivían los renegados y los inadaptados.
Allí había nieve todo el año y las temperaturas no subían nunca de los veinte grados bajo cero. Pero lo más bonito, lo más grandioso, era que cuando no había nubes y el cielo estaba raso se podía contemplar el maravilloso espectáculo de la eterna noche estrellada, con aquel mar negro colmado de pequeñas lucecitas que dibujaban caprichosas formas sobre su superficie.


Había sido al cumplir los dieciséis años cuando Ava decidió que tenía que largarse de aquel lugar porque un espaciopuerto no bastaba para saciar su curiosidad y porque universo infinito la esperaba más allá.
Por eso, en cuanto tuvo oportunidad, le pidió permiso a Mamá Rosa (que era la directora del hospicio) y se puso a trabajar en la estación de servicio Gummi, con la intención de ahorrar el dinero necesario para comprar un pasaje en una de esas naves que hacían escala en el planeta.
Y ahora, después de cuatro años, el destino estaba elegido y la nave también.
Bala de Plata era una nave de carga que hacía el trayecto entre Europa II y X dos veces al año estándar. No solía aceptar pasajeros, pero Ava conocía a su piloto, una mecánica taciturna que repostaba en Gummi y que, a pesar de su carácter, siempre le daba las gracias y le dejaba una buena propina. 
Según le había contado la piloto taciturna, Europa II no era lugar para grandes aventuras, ya que la mayoría de su superficie estaba cubierta por mar y en las pocas islas, dónde sólo había pastos, la mayoría de sus habitantes se dedicaban a criar vacas de lomo verde (una especie muy apreciada por los eneikaris y que en realidad no tenía mucho que ver con las vacas de la Tierra).
Pero Ava no tenía intención de permanecer en Europa II mucho tiempo. Simplemente, respiraría el aire de ese planeta, viviría en su propia carne las costumbres de sus gentes, buscaría un trabajo y ahorraría otro poco más para proseguir su viaje, quizás hasta Akai o hasta Greystone.
Lo tenía todo listo. La bolsa de viaje con sus pertenencias más valiosas guardada debajo de la cama, en su apartamento. Un fajo de billetes escondido en el forro de su cazadora deportiva, aquella de color rojo que se había comprado para una ocasión tan especial como aquella y que tenía una hermosa estrella bordada en la espalda. Y la palabra de la piloto de la Bala de Plata de llevarla hasta Europa II cuando ella quisiera. 
La nave había llegado a Puerto Espiral hacía tres días y partiría de nuevo en breve en un viaje de tres meses que la llevaría de regreso a casa.
Ava no podía esperar el momento de largarse, de iniciar aquella mágica aventura, como todas aquellas que había leído de niña en el lector público de la biblioteca, como todas las de las películas que ponían en el Cine Redondo, situado en lo que antaño había sido la plaza Mayor de Puerto Espiral y ahora era sólo una plaza comercial más, con sus centros recreativos, sus tiendas de recuerdos, sus bares, sus cines y sus clubs.
Ya se imaginaba subida en la nave, recorriendo ese mar negro lleno de estrellas, descubriendo nuevos planetas, nuevas formas de vida, nuevos paisajes.
Pero, como un déjà vu, al poner la mano sobre el pomo de la puerta de su apartamento,  un calambrazo la sacudió de pies a cabeza. La apartó.
Ava miró la puerta, largo y tendido. Había un póster sobre ella. Lo había conseguido en una revista de papel antiguo de las que vendía en Lei’s. Ya casi nadie las compraba, pero siempre habría nostálgicos que preferían el papel a los lectores electrónicos. Era una vista de un lugar lejano. El pie de foto ponía Nuevo Kyoto. Estaba en un planeta llamado Yume, en la Vía Láctea. 
Ese lugar estaba a centenares de miles de millones de kilómetros de allí. Pero también estaba lejos de un modo que Ava no podría superar jamás.
Por esa razón dio media vuelta, escondió la bolsa de viaje debajo de la cama, guardó la chaqueta en el fondo del armario y se puso su uniforme de la gasolinera Gummi, un mono amarillo chillón con un parche con su nombre en la solapa. Su turno de trabajo empezaba en quince minutos y debía darse prisa si no quería llegar tarde.
Mientras tanto, en la otra punta de la ciudad, y como ya había ocurrido en otras tres ocasiones antes que aquella, la Bala de Plata aguardó hasta la hora indicada de ese día sin fin de Puerto Espiral. Al ver que el tiempo apremiaba y el pasajero de última hora no aparecía, puso los motores en marcha y se dirigió hacia la pista de despegue, que cruzó a gran velocidad, elevándose del suelo al llegar al final y poniendo rumbo al cielo para dejar atrás la atmosfera de X.
Y desapareció en silencio, como había llegado.





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