domingo, 5 de marzo de 2017

Un condado por veinticinco monedas



Este es un relato que presenté a un concurso y que no resultó ganador (aunque francamente no se adecuaba mucho al tema). Lo tenía abandonado en una carpeta así que le he dado un repaso y le he modificado el final, que era muy abrupto porque me pasaba de palabras.   
Cuenta la historia de un grupo de mercenarios, liderados por la conocida como Encantadora de Serpientes, que son contratados por la duquesa de Rottan para rescatar a su hija de las manos del conde Esterla.

Fuente: Pixabay




Nora Ruzhina, más conocida como la Encantadora de Serpientes, permanecía erguida en su asiento. Frente a ella, al otro lado de la mesa que presidía la sala, la persona que había requerido sus servicios terminaba de exponer los detalles del trabajo. Se trataba de una mujer de mediana edad que destacaba por su volumen descomunal. Ni siquiera el ceñido vestido morado oscuro que llevaba conseguía disimular la envergadura de su cuerpo. Sus pechos rebosaban por el escote y de su cuello, invisible tras la papada flácida, pendían collares exquisitos que costaban más de lo que Nora ganaría en toda su vida. El nombre de la señora era Silvana de Alkanan y era la duquesa de Rottan.
La Duquesa entrelazó los dedos, adornados todos ellos con anillos de oro y gemas preciosas, y apoyó la barbilla sobre ellos. Una sonrisa ladina asomó en sus labios.
—¿Y bien, Encantadora de Serpientes, crees que podrás hacerlo? ¿O acaso se trata de un encargo demasiado complejo para ti?
—¡Claro que podremos hacerlo! ¿Quién se ha creído que somos?
El que había hablado esta vez había sido el guerrero que permanecía de pie junto a Nora, un hombre no muy alto pero sí fuerte, que movido por el momento llevó su mano izquierda a la empuñadura de su espada, haciendo ademán de desenvainarla.
Pero la cazarrecompensas lo detuvo con un gesto.
—Ni se te ocurra, Igor.
El otro apretó la mandíbula y crispó los nudillos sobre la empuñadura. Después relajó su gesto y dejó caer la mano otra vez, gruñendo algo sumamente descortés por lo bajo.
En respuesta, la duquesa de Rottan dejó escapar una sonora carcajada.
—Tu fama te precede, Nora de la Casa de Hu —dijo—, pero harías bien en mantener atado en corto a tu perro o acabará dándote un disgusto.
Después, metió la mano dentro de la manga de su vestido y sacó una pequeña llave dorada que usó para abrir un cofre que descansaba sobre la mesa. De su interior extrajo una bolsa de terciopelo que desabrochó y lanzó sobre la madera, cerca de donde se encontraba Nora. Las monedas que había en el interior se derramaron con una cantinela metálica, cayendo algunas sobre las alfombras que cubrían el suelo.
—Veinticinco monedas de oro ahora y veinticinco cuando me traigas a mi hija. Y recuerda: Corian irá con vosotros para asegurarse de que todo sale bien —señaló al hombre que custodiaba la puerta, un tipo enigmático y desagradable al mismo tiempo.
Nora no respondió a las palabras de la Duquesa. Ni a las primeras, ni a las segundas. Se inclinó hacia delante con indiferencia para recoger las monedas que habían caído al suelo, en un gesto que sabía que la humillaba y que eso era lo que buscaba la Duquesa. Pero no le importó. Y entonces, cuando su rostro estuvo a la altura de la mesa, levantó la mirada y clavó sus ojos azabache en los de la Duquesa.
De repente, el mundo se desvaneció para Silvana de Alkanan, que se descubrió a sí misma sobre un gran pilar de piedra, de planta circular y unos pocos metros de diámetro. De la habitación no quedaba ni rastro y lo único que se extendía a su alrededor era negrura. No era de noche, no había estrellas ni luna; no había nada.
La duquesa de Rottan miró a un lado y otro, frenética, preguntándose qué había ocurrido y cómo había llegado a ese lugar sin apenas darse cuenta. Pero lo único que encontró fue a Nora, de pie ante ella, compartiendo el reducido espacio de la plataforma.
La mercenaria parecía mucho más imponente ahora. Su pelo, recogido en un moño alto, dejaba su rostro despejado, y su mirada salvaje destacaba sobre lo que parecía un lienzo blanco. El fulgor de las piezas de la armadura samurái que llevaba sobre la camisa de algodón resultaba sobrenatural. Aunque lo que más llamaba la atención era el arma que tenía en la mano. La Duquesa no sabía que era un kodachi, una espada parecida a una katana pero de longitud más corta. De todos modos, le pareció muy amenazadora.
—No juegue conmigo —advirtió entonces Nora.
Después, coló el arma en vertical, llevando la empuñadura, que sostenía con ambas manos, hacia el lado derecho de su rostro.
—Jamás —añadió.
Y se lanzó veloz sobre la Duquesa, dispuesta a atacarla.
O eso es lo que Silvana de Alkanan creyó, porque en un parpadeo se encontró sentada de nuevo en su despacho, inclinada hacia atrás en su silla y con las manos en alto, intentando defenderse.
Pero no había de qué hacerlo. Nora Ruzhina estaba sentada al otro lado de la mesa. Había recogido las monedas y las estaba contando. Al ver la reacción de la Duquesa, la mercenaria levantó una ceja, como si no terminara de comprender lo sucedido. Pero en el fondo de su mirada, Silvana de Alkanan todavía pudo ver dibujaba la sombra del pilar de piedra gris.


La posada estaba llena hasta los topes. El rumor de la gente y las risas de los que habían bebido más de la cuenta conferían al lugar un aire de calidez. Igor y Nora habían elegido una mesa apartada. Frente a ellos descansaba un pollo asado humeante, así como tres jarras de cerveza.
—Nora, esa duquesa no me ha gustado nada —dijo el hombre, mientras se hacía con un muslo tostado y se lo llevaba a la boca—. ¿Te has creído la patraña de historia que nos ha contado? Que si el conde Esterla quería vengarse por no sé qué rencilla que tuvieron hace años, que si intentó asesinarla usando mercenarios, que si no contento con esto tramó el secuestro de su hija… Estoy convencido de que hay algo sucio detrás de todo esto.
—Lo sé —respondió Nora, haciéndose también con una porción de carne, que se comió con avidez—. Pero no me importa qué relación tiene esa mujer con el conde Esterla. Y es un buen trabajo. Cincuenta monedas de oro por devolverle a la chica. ¿Qué más quieres? La última vez fueron quince monedas por acabar con aquel engendro pestilente que se comía las ovejas de los pastores de Moraria, y casi terminamos muertos. ¡Por no mencionar que a punto estuvieron de no pagarnos por el incendio que se ocasionó! Esta vez, con suerte, sólo tendremos que cortar un par de cabezas.
Igor torció el gesto, no muy convencido. Iba a añadir algo más, cuando, de repente, una tercera figura apareció sentada junto a ellos, como por arte de magia. Igor, que no la había visto llegar, estuvo a punto de atragantarse con la comida.
—¡Diantre, Armiño! —bramó cuando hubo conseguido sobreponerse al ataque de tos que la irrupción inesperada le había ocasionado—. No me pegues esos sustos, ¿quieres?
—Lo siento —repuso la recién llegada, encogiéndose de hombros.
Armiño era el tercer integrante del grupo. Su nombre real era Lúmina, pero hacía años que no  lo usaba. A pesar de que había cumplido los quince algún día remoto del pasado invierno, era menuda y ligera como un colibrí. La mayoría de veces casi pasaba por un chiquillo de diez años.
—¿Has descubierto algo? —quiso saber Nora.
Armiño asintió.
—No he podido ver a la chica, pero creo que la tienen en una de las torres. Hay dos guardias en la puerta día y noche, y le llevan la comida dos veces al día.
—¿Y en el resto del castillo?
—Hay una treintena de soldados armados.
—¿Algo más? ¿Bestias? ¿Brujos?
—No he visto nada inusual.
—Nora, cada vez veo más claro que esto huele a chamusquina —intervino Igor, cortando la conversación de sus dos compañeras—. ¿Para qué querría la duquesa de Rottan contratarnos por cincuenta monedas de oro cuando podría conseguir a diez mercenarios por veinte? Se supone que es un trabajo de pacotilla. ¡No tiene sentido!
—Está claro que hay algo que no nos ha contado. Pero eso ahora no importa. Probablemente haya algún brujo entre los guardias y por eso la Duquesa quiera asegurarse de que su hija es rescatada y llevada a casa sana y salva. Pero eso no supondrá ningún problema para mi espada, ni para mi magia.
—Sí, porque todos sabemos que rescatar muchachas en apuros es tu debilidad.


El castillo del conde Esterla, una vieja construcción de piedra de color arena, se erguía en el centro de un valle frondoso. Rodeado por un pequeño lago de aguas estancadas, la única manera de penetrar en él era a través de la solitaria puerta que poseía su muralla, a la que se llegaba a través de un puente levadizo de madera, y que estaba permanentemente cerrada y custodiada por dos arqueros apostados en las torres colindantes.
Para evitar los guardias, Nora, su compañeros y  Corian bucearon por el lago, amparados por la noche, y escalaron la muralla por la parte trasera. Una vez en el patio interior se dirigieron con cautela hacia una de las puertas secundarias del castillo, que era la que Armiño había visto usar al servicio.
Pero, para su sorpresa, la encontraron sellada con un potente conjuro. Lo habían grabado sobre la madera con algún objeto punzante, consiguiendo así que no pudiera ser borrado o modificado. Nora acarició el ideograma con la yema de los dedos. Una magia poderosa palpitaba en el interior de la marca; una magia que no pertenecía a un aficionado.
—No podemos entrar por aquí —dijo, apartándose de la puerta y regresando junto a los demás—. Tendremos que encontrar otro sitio.
A Igor le faltó tiempo para contradecirla:
—La echaré abajo con mi espada.
—Está hechizada, Igor. Lo único que conseguirás será que…
Demasiado tarde. El guerrero había desenvainado su arma, una espada bastarda de hoja triangular, y la tomaba con ambas manos. De un golpe vertical trató de derribar la madera, pero el metal rebotó sobre ella como si la puerta fuera realmente de piedra, produciendo un sonido agudo.
—¡Maldición! —se quejó Igor.
A lo que Nora le apartó de un empellón.
—¿Por qué te paras a pensar con la cabeza, de vez en cuando?
Pero el daño estaba hecho.
Se oyó un silbido otro lado del patio, cerca de las caballerizas y el ruido de pisadas les alertó de que habían sido descubiertos.
—Lo que nos faltaba —se quejó Nora. Y luego añadió—: ¡Armiño!
No hizo falta que diera ninguna explicación al pronunciar ese nombre. La muchacha entendió lo que le pedían sin necesidad de palabras.
Bajo la mirada atenta de sus tres acompañantes, su cuerpo empezó a menguar al tiempo que una capa de vello, anaranjado en algunos puntos y blanco en otros, la cubría por completo. Sus ropas desaparecieron y sus ojos se convirtieron en dos botones negros. También le salieron bigotes y una cola. Y, como no, sus manos y pies se convirtieron en pequeñas garras. En un abrir y cerrar de ojos Armiño había desaparecido para dar paso a un… armiño.
Con un chillido, el animalillo dio media vuelta y se perdió por una ranura abierta en la pared de piedra.
—¡Tenemos que darle tiempo! —explicó Nora.
Junto a ella, Igor y Corian se prepararon para el combate.
Dos grupos de solados aparecieron por ambos flancos. Eran más de veinte y blandían todo tipo de armas, desde espadas, hasta mazas, pasando por cuchillos, destrales y lanzas.
Sin perder un segundo, Nora desenvainó su kodachi.
Tres guerreros se abalanzaron sobre ella con sus armas en alto.
La cazarrecompensas detuvo el golpe del primero de ellos con el kodachi, propinándole de seguido una fuerte patada en sus partes nobles para dejarlo fuera de combate. Después, giró sobre sí misma, y con un corte horizontal hirió al segundo en el torso, consiguiendo que la sangre brotara de él y le salpicara la ropa. Sin detenerse ahí, y a una velocidad de vértigo, se arrodilló para esquivar el ataque del tercero. En el suelo, sacó un cuchillo de la bota y desde abajo apuñaló al soldado en el cuello, haciendo que cayera hacia atrás con un chorro oscuro escapando de su herida.
En ese preciso instante, la puerta trasera que antes habían intentado asaltar sin éxito se abrió de sopetón y Armiño se precipitó al exterior, tropezando con el escalón. Nora tuvo el tiempo justo para cogerla antes de que se diera de bruces contra la tierra fangosa.
—¡Armiño!
Enseguida se dio cuenta de que su compañera tenía una herida en el costado. Por suerte no parecía mortal.
—He conseguido…. matar a los dos que había dentro —la muchacha señaló la puerta por la que había salido—. Creo que… ya no queda nadie más.
—Bien —asintió Nora. Por fortuna, su suposición había sido cierta: la puerta sí podía abrirse desde dentro.
Apoyó a Armiño en el escalón de entrada. Sin tiempo que perder, le arrancó la capa a uno de los cadáveres que yacían en el suelo, rasgó un par de tiras largas y con ellas apañó un vendaje para su compañera. Cuando hubo terminado llamó a Igor.
—¿Qué demonios quieres? —bramó el guerrero, que seguía enfrascado en la lucha.
—¡Cuida de Armiño! ¡Está herida! ¡Voy a por la hija de la Duquesa!
—¡Maldición, Nora! ¿No ves la que tenemos liada aún aquí afuera?
Pero la cazarrecompensas ya había desaparecido dentro del edificio.
—Iré con ella —dijo Corian, terminando con el enemigo que le atacaba en aquel momento y echando a correr hacia la puerta.
—Eh, oye, ¿adónde te crees que vas? ¡No me dejes sólo con todos estos!


Nora se sorprendió de no encontrar resistencia en el interior del castillo. Había pensado que quizás el brujo que había hechizado la puerta estaría dentro, aguardando. Pero los pasillos estaban desiertos y no se oía más ruido que los retazos lejanos de lucha. Llegaba a las escaleras de la torre en la que estaba presa la hija de la Duquesa cuando Corian se le unió. Lo miró por encima del hombro sin cruzar palabra con él.
A Nora no le gustaba ese hombre. Por su mirada sabía que escondía algo. Pero su presencia allí había sido condición indispensable de Silvana de Alkanan, así que tendría que soportarle hasta que dieran con la chica.
Subieron en silencio las escaleras de caracol. Arriba, Nora dejó que Corian reventara el cerrojo de la puerta y, tras ello, se lanzó al interior de la estancia. Los dos últimos soldados que quedaban en el castillo se abalanzaron sobre ellos. Nora se ocupó de uno, mientras su acompañante hizo lo propio con el otro. No fue un combate complicado, ninguno de ellos era brujo.
Después, llegó el silencio.
La luz de la luna que entraba por las ventanas era muy tenue, porque aquella noche estaba en cuarto menguante, y la única vela que quedaba encendida titilaba moribunda en un rincón. Nora escudriñó la estancia en penumbra y pronto descubrió la cabeza que asomaba tras la cama con dosel.
Levantó su kodachi y señaló con él al fantasma que buscaba pasar inadvertido.
—Tú. Sal de ahí.
El fantasma dio un respingo. Durante unos instantes pareció dudar, pero al final salió de su escondite.
Y resultó ser un muchacho largo y escuálido, que vestía una elegante túnica cuyo color era imposible descifrar en la oscuridad.
Aquello escamó a Nora, que casi al instante preguntó:
—¿Dónde está la hija de la Duquesa?
—¿La… la duquesa? —El muchacho hablaba con una voz que todavía tenía un fuerte timbre infantil. Nora calculó que no debía tener más de doce años. Se preguntó qué haría allí.
—¡La hija de la duquesa que reteníais en esta habitación! ¡La hija de Silvana de Alkanan!
El chico se encogió, asustado. Pero terminó respondiendo:
—Juro que no sé de qué me habláis. Soy el único que ha ocupado estas estancias durante los últimos años.
Nora parpadeó. La duda la inundó por dentro y la paralizó. Pero antes de que su cerebro pudiera unir todas las piezas del rompecabezas, sintió un movimiento amenazante a sus espaldas.
Tuvo el tiempo justo para darse la vuelta y levantar el kodachi, antes de que la espada de Corian cayera sobre ella. El golpe llevaba mucha fuerza y, además, la había cogido desprevenida, por lo que su arma salió despedida y la punta de la espada del hombre pasó arañándole la armadura.
Por fortuna, Nora fue lo suficientemente hábil para no perder pie y, con una pirueta, consiguió recuperar su arma.
—¿Qué se supone que es esto? —quiso saber, mientras se ponía a la defensiva.
Corian sólo dijo:
—Sois tan ingenua…
Nora apretó los dientes, con rabia y frustración.
Y de repente algo hizo clic en su cabeza. Le preguntó al muchacho, que había vuelto a esconderse tras la cama:
—Chico, ¿quién eres? ¿Cómo te llamas?
—Is… Iskarian, señora. Soy el hijo del conde Esterla.
El rostro de la mercenaria se desfiguró por el odio.
—Me habéis tendido una trampa para que mate al heredero del Conde…
—No habríais aceptado el trabajo, de lo contrario. Pero, de todos modos, os equivocáis. No os hemos tendido una trampa para que lo matéis, sino para que nos llevaseis hasta él. Porque el que lo va a matar seré yo mismo… una vez haya terminado con vos.
Esta vez, la estocada de Corian no la cogió por sorpresa. Nora la esquivó golpeando con fuerza el arma que se dirigía hacia ella, desviando así su trayectoria. El ataque no se detuvo ahí: el hombre continuó moviendo su espada contra la mercenaria una y otra vez, alternando golpes y estocadas en busca de su punto débil. Era un espadachín hábil y se movía con rapidez. Uno de esos movimientos consiguió derribar a Nora, que acabó en el suelo con el brazo ensangrentado.
—Y, además de ingenua, sois débil —se jactó Corian.
Y levantó su espada en alto para terminar con aquello.
Pero cometió el error de cruzar su mirada con la de Nora apenas un segundo.
La negrura infinita de los ojos de la mercenaria lo atrapó y de pronto se encontró sobre un pilar de piedra en algún lugar que no era la estancia que había en lo alto de la torre del castillo. Además, estaba desarmado.
Sonrió.
 —Vaya, vaya, con que magia oscura. Sabía que erais hábil, pero no tanto. Aunque era de esperar de una alumna de la maestra Hu. Pero me temo, Encantadora de Serpientes, que yo también sé jugar a estos juegos.
Y arrancándose la camisa de un tirón dejó al descubierto su pecho, donde el ideograma de una araña había sido grabado a fuego en su piel.
El hombre empezó a cambiar. Fue un cambio parecido al que había experimentado Armiño en el patio, pero en este caso el cuerpo de Corian no menguó, sino que creció. De su torso emergieron otro par de brazos, que, junto a los que ya tenía y a las piernas, se convirtieron en patas de insecto terminadas en garras. Su piel se volvió negra, adquiriendo un aspecto lustroso; la salpicaban pelos como escarpias. En su cabeza asomaron dos cuernos y su boca aumentó de tamaño para convertirse en una gran apertura repleta de dientes afilados. Lo único que no cambió fueron sus ojos, que, de todos modos, adquirieron un brillo espeluznante y amenazador.
Sin darle tiempo a reaccionar, la araña golpeó a la mercenaria con una de esas patas largas y peludas, lanzándola lejos. El miedo poseyó a Nora cuando comprendió que aquel golpe la acababa de mandar fuera del pedestal. Trató de mover el kodachi para clavarlo en la roca y evitar una caída que sabía que sería eterna. Pero entonces su espalda se golpeó con fuerza contra algo sólido y, al abrir los ojos, se encontró tirada en el suelo de la habitación de la torre. Su hechizo se había roto en el momento oportuno.
Pero su alivio no duró mucho.
El engendro que antes había sido Corian había vuelto con ella e intentaba dar caza al hijo del conde Esterla. Los movimientos de la criatura eran torpes en el reducido espacio y la araña movía frenética sus patas intentando abrirse camino entre los objetos.
Casi por instinto, Nora se puso en pie, e ignorando el dolor en su hombro,  se abalanzó sobre la criatura para detenerla.
Hubo un forcejeo. El que el monstruo movía sus dos patas delanteras buscando apartar a la mercenaria y ella blandía su kodachi evitando esos golpes. Y entonces, en un momento dado, el acero centelleó y el filo del arma consiguió cortar de cuajo una de las patas del monstruo, llenándolo todo de un líquido pestilente de color oscuro.
Corian dejó escapar un chillido agudo.
Nora aprovechó el desconcierto y corrió hacia la cama, donde el joven Iskarian seguía escondido. El muchacho, que había quedado petrificado de terror, no dijo nada cuando ella lo cogió de la muñeca y lo arrastró en dirección a la puerta.
—¡Vete! —le ordenó la cazarrecompensas. Y le empujó escaleras abajo.
Sin siquiera volverse para comprobar que el muchacho hacía lo que le decían, volvió a empuñar su arma y se preparó para el enfrentamiento pues la araña se había recuperado y tenía que darle algo de tiempo al muchacho para poder escapar.
Empezó directa, con un corte vertical que buscaba acabar con otra de las patas de la araña. Por desgracia, Corian había conseguido posicionarse y la esperaba.
Nora acabó en el suelo, con una de las patas sobre su espalda. La garra se clavaba en su carne, hiriéndola. Parecía que el monstruo tenía intención de comérsela, porque acercaba peligrosamente la hilera de dientes afilados hacia ella. Moviéndose casi a ciegas, Nora consiguió hacer un corte lo suficientemente profundo en su enemigo para que éste la dejara escapar.
Una vez libre, rodó hacia un lado y se incorporó otra vez. Le dolía la espalda, el hombro y el corte en el brazo. Pero no era momento para regocijarse en ello. Blandiendo el kodachi con fiereza, volvió a la carga.
Corian trató de moverse hacia atrás para evitar el ataque. Pero su cuerpo gigante chocó contra la pared de la estancia. Levantó la pata delantera que le quedaba y trató de golpear a la mercenaria desde arriba, repetidamente. Aun así, sus movimientos eran demasiado lentos y Nora los esquivaba con agilidad.
Entonces, la cazarrecompensas realizó un potente golpe semicircular y le seccionó también esa pata a su enemigo.
Hubo otro chillido.
Presa del dolor y la frustración, la araña se levantó sobre sus patas traseras y se agitó. No podía mantener bien el equilibrio y ya no le quedaban más que sus colmillos para luchar contra la cazarrecompensas.
Nora vio en ello su oportunidad.
Agarró el kodachi con ambas manos y lo hundió de una estocada en el vientre de la criatura, moviéndolo en su interior hasta conseguir que las tripas se le derramaran por el suelo.
Los gritos y espasmos de la araña continuaron todavía un tiempo más, antes de que se desplomara envuelta por un olor nauseabundo.
Nora también se dejó caer, exhausta y jadeante.
Entonces, con la llegada de la calma, una rabia fría empezó a crecer dentro de ella. La imagen de la Silvana de Alkanan se dibujó en su mente y la idea de que esa mujer la hubiese utilizado para sus propios fines y la hubiese intentado matar la hizo hervir de cólera. Nadie tenía la desfachatez de engañar a Nora Ruzhina y vivía para contarlo.
Y ella nunca olvidaba.
—Me las pagarás —susurró—. Aunque sea lo último que haga en la vida.
Tras su juramento, se levantó y se arrastró hacia la puerta.
En el patio, Igor había conseguido vencer a todos los soldados. La mayoría había muerto, y los que todavía seguían con vida se retorcían en el suelo entre gemidos. Además, por lo que parecía, Igor también había dado caza al muchacho Iskarian, que se debatía asustado entre sus brazos, intentando escapar.
—¿Qué quieres que haga con esto? —le preguntó Igor a Nora, mostrándole al muchacho como si fuera un trozo de carne, al verla aparecer.
—Nada. No le hagas nada. El hijo del conde Esterla.
—¿Cómo que el hijo del conde Esterla? ¿Y la hija de la duquesa de Rottan?
—No existe ninguna hija, nos han engañado. Querían que lo matáramos a él —dijo, señalando al chico. Y luego se dirigió a él—: Iskarian, ¿verdad? Estate tranquilo, ¿quieres? No vamos a hacerte daño. Igor, suéltalo.
El chico dejó de debatirse e Igor lo soltó.
—Me cago en la Duquesa. Nora, te dije que había algo turbio en todo esto.
—Lo sé, lo sé —repuso ella mientras se arrodillaba junto a Armiño, que había atendido a toda la conversación en silencio—. ¿Cómo estás?
—Bien. No es grabe, solo necesito un poco de descanso.
—Me alegro.
—¿Qué vamos a hacer con él?
Nora se volvió hacia el chico. Parecía asustado y sin saber muy bien qué hacer. Miraba horrorizado a los cadáveres, pero, a pesar de la repulsión que le causaban, era incapaz de echarse a correr porque el miedo lo tenía paralizado.
—Eh, chico, ¿dónde están tus padres?
A Iskarian le llevó un instante responder, pero finalmente pareció encontrar la voz.
—N-no tengo madre, señora. Murió… hace unos años. Y mi padre está de viaje. Tenía unos asuntos que tratar con el rey.
—¿Con el rey? Genial, hace años que no visito la capital.
—¿Qué, qué, qué? —dijo Igor, entonces—. ¿Piensas llevaroe a la capital?
—Hombre, acabamos de matar por error a todos sus soldados. ¿Crees que le voy a dejar aquí solo para que la duquesa de Rottan aproveche la ocasión? Ni hablar. Ya nos ha jodido una vez y no volverá a hacerlo.
El muchacho palideció.
—Pero… el castillo… y mi padre…
—Tranquilo, chico, ya te he dicho que no te haremos daño. Sólo vamos a llevarte con tu padre. Y te juro por mi vida que llegarás de una pieza. Como me llamo Nora Ruzhina. Así que andando, el camino es largo y tenemos que salir de aquí antes de que corra la voz y la Duquesa manipule la información para cargarnos el muerto.







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