Relatos: Hielo

Cuarto relato del reto. Aunque podría considerarse un fanfic, puesto que no mencina nombres y puede leerse de forma general, he preferido colgarlo aquí. 
Podéis encontrar el resto de relatos aquí.

Fuente.
Canción:  “Michael Meets Mozart” de The Piano Guys

HIELO

La pista se abre ante ti, inmensa y brillante como un día soleado. Aunque en tu interior sabes que se avecina la tormenta. 
Cuando las cuchillas de tus patines tocan el hielo lo sientes en tu propia piel: su tacto, su temperatura. Y te deslizas sobre él, como arrastrado por una ola.
Todo lo que has hecho hasta ahora, todas las competiciones que has ganado o que has perdido, todo el entrenamiento de las últimas semanas, todo desaparece y solo queda un gran vacío. Ha llegado el momento de la verdad, el momento que has estado esperando toda tu vida: los Juegos Olímpicos de Invierno están aquí.
El público aplaude desde las gradas. Son cientos, quizás miles. Pero aunque corean tu nombre y agitan banderas de tu país, aunque no cesen en su empeño de animarte y de hacerte llegar sus buenos deseos, están demasiado lejos para alcanzarte. Están a millones de kilómetros y tú estás solo sobre el hielo.
Trazas un par de círculos sobre la pista, para familiarizarte un poco más con su tacto, y te diriges al centro de la misma, donde te preparas para empezar tu coreografía. Sientes un burbujeo en tu estómago y una tensión anormal en tus piernas, pero te dices a ti mismo que has hecho esto mil veces. Vives en el hielo. Es tu hogar y conoces cada estancia, cada recoveco. No hay motivo para tener miedo. Todo saldrá bien.
La música estalla en tus oídos y en toda la pista. La explosión te envuelve y lanza tus patines a cortar la pista, dibujando figuras caprichosas sobre su superficie, mientras dejas que las notas que has escuchado tantas veces y que conoces tan bien como si formaran parte de ti penetren poco a poco en tu corazón.
Vuelas sobre el hielo y sientes la velocidad en tu rostro, que te acaricia y te abraza. Hoy es tu gran día y vas a brillar como no lo has hecho nunca antes. Lo sabes cuando la cuchilla se hunde sobre la superficie cristalina en su justa medida, arrancando de ella ese sonido tan característico y tan dulce, esparciendo sobre la pista virutas de polvo blanco que son como las chispas del fuego helado de tus patines.
Y te preparas para el primer salto: una combinación.
Flexionas las piernas, extiendes los brazos y te elevas en el aire como si fueras un pájaro. Tu cuerpo gira arrastrado por un torbellino.
Aterrizas el primer salto algo sobregirado, pero consigues elevarte de nuevo y lanzarte a por el segundo. Lo clavas y el público estalla en una gran ovación.
Pero tú no la oyes: estás pensando en si tu fallo te a va costar una deducción. Tus competidores están cerca, todos habéis luchado muy duro para llegar hasta aquí. Cualquier pequeño error cuenta. Sus fallos, los tuyos. Cada detalle...
No.
Tu voz suena firme en tu mente, cortando de raíz el rumbo de tus pensamientos.
Lo único que importa ahora es la coreografía que estás ejecutando. Lo único que importa es el aquí y el ahora. Tus patines, tu música, tus pasos.
Y el hielo.
Es tu momento.
Y vas a brillar.
Te embriagas de la música y tu cuerpo responde a ella. Se mueve solo, por inercia. Sabe lo que tiene que hacer.
Una secuencia encadenada de giros. Tu movimiento estrella. Y la entrada al Axel, que te hace girar en el aire de una forma elegante y perfecta.
Una nueva ovación cuando lo aterrizas y tu sigues volando y girando sobre tus patines. Tus pies se deslizan, tus manos buscan, tu cuerpo vibra con la música y se mueve a su compás, seducido por ella. Tus brazos suben y bajan, se expresan con suavidad y también con fiereza. Elevas una pierna y trazas un círculo. Los patines gimen, pero es un gemido de placer. Bailas como si te fuera la vida en ello. Y, de hecho, así es.
La secuencia de pasos hace las delicias del público y también de los jueces.
Pero esto todavía no ha terminado, porque ahí llega tu último salto.
Te pones de espaldas. Te impulsas con los brazos. Y saltas.
Alto, muy alto, como si quisieras alcanzar el cielo.
Y lo alcanzas, porque el aterrizaje te sale bordado, llevándote sobre la pista en una caída delicada y armónica.
Una última combinación de giros, que te hace dar vueltas a la velocidad de la luz, mientras tu cuerpo se agacha, mientras hundes la cabeza, mientras levantas la mano, mientras extiendes la pierna.
Todo gira, gira y gira.
Hasta que te levantas y la música termina.
Ahora sí que la oyes la ovación del público. Te inunda y te embriaga. Cientos de peluches y de ramos de flores caen como una lluvia multicolor.
Relajas el gesto. No puedes creerte lo bien que ha salido todo. Estás emocionado y tienes ganas de llorar.
Pero no hay tiempo para ello. Hay que salir de la pista. Ir al Kiss&Cry. Necesitas conocer tu puntuación y saber dónde te deja. Porque sabes que todos habéis venido aquí a luchar. Y tú quieres ser el ganador.



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