martes, 27 de septiembre de 2016

El vertedero



Este es el relato que presenté a la primera convocatoria de Alucinadas. Habla de una androide que quiere ser madre y de su hija.


 (c) Julio César Cerletti - Flickr


El último dueño que había tenido había sido tan hijo de puta como para bautizarla con el nombre de Cosa. Por eso, cuando al fin pudo escapar de las garras de aquel degenerado, consiguiendo así su libertad, lo primero que hizo fue elegirse uno nuevo. Uno bonito, uno de verdad; uno que no tuviera nada que ver con sus vidas anteriores.
 Y a partir de ese momento se hizo llamar Lula.
Lula era un androide, un modelo BRUWAR de segunda generación. Su número de serie era C-AAYW-280074 y había sido fabricada en Ciudad Frontera, hacía un montón de años. Durante su larga vida había vivido en Kisp, en Gelko y en una granja perdida de las montañas de Ur.
Sin embargo, el único lugar al que ella había considerado su hogar eran los suburbios de Capital, a los que había llegado después de conseguir su nombre.
Lula había sido concebida como un androide femenino o ginoide. Su cuerpo mecánico, recubierto por un polímero sintético llamado biopiel que le daba un aspecto prácticamente humano, aparentaba ser el de una mujer joven y atlética, de piel oscura, que sin ser en verdad hermosa tenía unas facciones proporcionadas y simétricas. Puesto que sus cometidos no incluían los servicios sexuales, en su pecho asomaban unos senos poco remarcables y entre sus piernas no había más que la reproducción superficial de una vulva.
Eso no preocupaba a la androide. Ni las relaciones sexuales ni el amor de pareja formaban parte de su repertorio de sentimientos; tampoco había experimentado la necesidad de estar con nadie en ese sentido. De hecho, Lula ni siquiera se sentía mujer y sólo había un motivo por el que añoraba que sus órganos sexuales fueran más que simples imitaciones de goma: Lula quería tener un hijo.
No tenía muy claro si el instinto maternal era una de las características que le habían instalado durante su programación, o era un sentimiento que había desarrollado con el tiempo gracias a su sistema de aprendizaje. Lo que sí sabía con certeza era que aquel deseo la acompañaría hasta el día en que su batería dejara de funcionar.
La vida de Lula había estado llena de altibajos.
En un inicio, recién salida de fábrica, una familia de Kisp la había comprado para que se hiciera cargo de sus hijos. Había sido un periodo muy feliz: los niños la adoraban y los padres le daban toda la libertad que un androide podía recibir. Pero los pequeños crecieron y aquello le restó utilidad. Antes de que pudiera darse cuenta, la habían relegado al trastero y habían puesto un anuncio en una página de segunda mano.
La compró una señora de Gelko, una anciana de noventa años que se sentía sola y que vivía sin más compañía que la de un perro gruñón. Y a Lula la embutieron en una caja de mercancías para que un avión la llevara hasta su destino; los jóvenes que antaño habían sido sus niños ni siquiera le dieron un beso de despedida.
La anciana resultó ser una persona muy reservada, pero también respetuosa. Nunca le decía lo que debía hacer y cuando le pedía algo siempre era con un «por favor» al final de la frase. La trataba casi como a una persona. Por eso, Lula lo sintió en el corazón cuando una mañana la encontró muerta en su cama junto al perro gruñón, que parecía haber querido acompañar a su dueña en aquel último viaje.
Los herederos de la mujer, unos sobrinos-nietos muy ocupados, no estaban interesados en un robot como ella, así que llamaron a un chatarrero para que se la llevara. Y el chatarrero hizo el negocio del siglo, contándoles que se trataba de un modelo obsoleto por el que no sacaría más que los créditos que valían sus circuitos, mientras que luego se fue con el cuento a un granjero de Ur y le aseguró que Lula era un androide último modelo que una anciana sin familia había comprado sólo unos pocos años antes de morir.
Y a Lula volvieron a meterla en una caja y a subirla a un avión.
Por desgracia para ella, su aventura en Ur no fue tan afortunada como había sido en sus dos vidas anteriores.
El granjero era un hombre sin escrúpulos que la trataba como si fuera un simple electrodoméstico. La hacía trabajar de sol a sol y no la dejaba entrar en la casa. Aunque Lula necesitaba tomarse un descanso de vez en cuando para chequear sus funciones internas y reparar los errores y los pequeños daños que el día a día ocasionaba en su sistema, no necesitaba una habitación propia; ni siquiera necesitaba una cama o una silla en la que sentarse. Por eso, al caer la noche, el granjero la encadenaba en el porche, dejándola abandonada a la intemperie hasta la mañana siguiente.
Lula tuvo la ocurrencia de quejarse una sola vez por el trato recibido. Lo que obtuvo a cambio fue una paliza, que, aunque no le dolió en el modo en el que podría haberlo hecho si hubiese sido humana (los robots tenían algo parecido a un sistema de dolor para evitar roturas, pero era algo mucho más neutro que el daño humano y podía ser desactivado), sí lo hizo en su fuero interno. Y por eso decidió que, a pesar de todo, tenía que tomar las riendas de su vida.
A pesar de todas las vueltas que Norlan había dado alrededor de su sol desde que en la Unión de Planetas Democráticos se instaurara el uso generalizado de androides, los derechos de los robots seguían siendo los mismos que cien años atrás.
Según la ley, los seres cibernéticos eran considerados poco más que objetos: pertenecían de por vida a sus compradores, a los que debían obedecer en todo; no podían tener posesiones (por lo que no cobraban un sueldo por sus servicios), ni tomar decisiones relevantes por cuenta propia; no podían asociarse y ni siquiera podían protestar. Sus derechos eran incluso inferiores a los de los animales, porque no había ninguna ley específica que prohibiera el maltrato a los robots.
Habían empezado a darse casos de androides que compraban su libertad y de sentencias judiciales que habían permitido que algunos de ellos abandonaran a propietarios abusivos, pero la realidad estaba muy lejos de ser utópica.  El vacío legal era aún importante y aquellos que conseguían la ansiada libertad no siempre gozaban del apoyo del gobierno ni de la sociedad en general.
Al fin y al cabo, por muchos sentimientos que un androide pudiese desarrollar, seguía siendo poco más que un montón de circuitos en un armazón de fibra de carbono recubierto de biopiel. Una simple máquina sin alma. ¿Por qué debía un objeto tener derechos?
Pero Lula sabía que no era un objeto, como sabía que estaba mal que aquel hombre la pegara. Por eso, un buen día, mientras el granjero fumigaba y Lula limpiaba los colectores de estiércol, la androide cogió y se largó sin más.
Caminó y caminó, hasta llegar a Tejas, y allí se metió como polizón en una nave de mercancías que la llevó hasta la luna de Fris. Sabía que no tenía los papeles en regla y que si alguien la detenía y la llevaba ante las autoridades pertinentes la harían regresar con el granjero. Pero no importaba porque el deseo de libertad era más grande que el miedo a cualquier represalia. Así que no se detuvo hasta que llegó a Capital, donde la excitación ante la perspectiva de una nueva y emocionante vida de seguro habría hecho que su vello se pusiera de punta de haberlo tenido.

***

Era verano, aunque este dato es irrelevante porque el clima en Fris era exactamente el mismo durante todo el año. Lula merodeaba por el vertedero cercano a Capital en busca de componentes electrónicos o máquinas que todavía pudieran seguir usándose. La chatarra y las reparaciones se habían convertido en su modo de vida desde la llegada a la ciudad.
La androide estaba impulsada por una batería nuclear por lo que no necesitaba ninguna fuente de alimentación externa; no necesitaba una casa conectada a la red eléctrica, ni comida, ni siquiera un trabajo para ganar dinero y mantener todas esas cosas. Pero después de la nefasta experiencia con su último dueño había decidido mantener en secreto su condición de androide.  Aprovechando que durante su último trabajo le habían instalado una actualización sobre mecánica y mantenimiento de componentes electrónicos, Lula alquiló un taller en los suburbios y montó un negocio de venta y reparación de androides y electrodomésticos.
Situado al norte de la macrociudad, a unos pocos kilómetros de distancia del anillo de bosques artificiales que la rodeaban, el vertedero se extendía a lo largo de un valle abierto entre dos montes desnudos. Con una extensión de unos cientos de metros cuadrados, era como un mar multicolor que se derramaba por las laderas de esos montes y que a la luz del sol brillaba por los destellos metálicos.
Más allá del vertedero, la estepa cubría el paisaje hasta donde alcanzaba la vista. Las únicas plantas que crecían en los alrededores eran matorrales y alguna que otra acacia seca como una pasa. Y por las inmediaciones merodeaban serpientes, buitres y coyotes. El calor era abrasador tanto en invierno como en verano. Un aire seco del que no había dónde guarecerse y que hacía ascender los termómetros hasta los cuarenta grados con facilidad soplaba en el lugar sin descanso. Aun así, a Lula le gustaba el clima porque le permitía perder la mirada en el cielo raso, un  infinito azul que en pocas ocasiones se cubría de nubes de tormenta.
Se decía que en Capital no se tiraba nada, que los procesos de selección y reciclado eran cien por cien eficaces. Los recursos de la ciudad no eran ilimitados y por ese motivo cada tarro, cada papel, cada piel de plátano eran tan preciados. Todo debía reutilizarse y ofrecer una segunda vida en un mundo árido en el que lo único que cubría la tierra era el desierto y en el que el agua potable tenía que arrancarse de las entrañas del planeta mediante costosos y complejos procesos de bombeo o transportarse kilómetros y kilómetros a través de acueductos que viajaban hasta el mar. Pero la realidad era un poco distinta.
A veces, camiones cargados de basura aparecían por el sur, hundiendo sus ruedas en la tierra, y vaciaban sus tripas en los lindes del vertedero. Y el mar multicolor crecía cada día un poco más.
De todos modos, a nadie parecía importarle ese detalle. Y a Lula todavía menos, que había hecho del vertedero su modo de vida.
Lula se había detenido a inspeccionar un robot de cocina que había vivido tiempos mejores, pero el electrodoméstico no tenía buen aspecto. No estaba teniendo mucha suerte ese día.
La frente de la androide estaba perlada de lo que parecían gotas de sudor, y que en realidad eran agua que el sistema de refrigeración que escondía bajo la capa de biopiel liberaba para que sus componentes electrónicos no se sobrecalentaran, y la coleta con la que anudaba su pelo de color chocolate estaba desaliñada por la caminata y el trabajo.
Barajaba la posibilidad de regresar a casa y dejar la inspección para otra ocasión cuando lo oyó con toda claridad: el llanto de un bebé.
Lula levantó la cabeza y miró en derredor, sin encontrar nada remarcable. Tras la sorpresa inicial y al ver que el llano no se repetía, decidió no conceder demasiada importancia al sonido, imaginando que alguno de los demás chatarreros que como ella rastreaban el lugar en busca de objetos interesantes se habría traído a su hijo consigo.
Pero, al cabo de un rato, el llanto regresó y al ver que esta vez no cesaba, Lula decidió echar un vistazo.
Caminar por los escombros no era tarea fácil porque allí todo se apilaba sin ton ni son. De todos modos, Lula estaba acostumbrada a ello. Además, su condición de androide la hacía menos torpe que los humanos, pues era capaz de recuperar el equilibrio con rapidez en caso de dar un traspié.
Rodeó un montón de chatarra que sobresalía más que los demás y después se encaminó por el paso abierto entre una sección que parecía destinada a neveras y lavadoras pasadas de moda. Todavía cruzó un pequeño lecho de cables de colores y placas base que crujían y se hacían añicos bajo sus pies. Y al final de su recorrido la encontró, sentada sobre un colchón viejo, llorando con desconsuelo.
Debía tener poco más de un año y vestía una vieja camiseta que dejaba al descubierto sus brazos y sus piernas regordetas. No llevaba pañal así que Lula supo enseguida que se trataba de una niña. Una lanilla de pelo nacía sobre su frente, fina como la seda, de un color miel que brillaba con el sol, y sus mejillas, rosadas y redondas, pedían a gritos un pellizco.
En cuanto la niña vio a Lula, dejó de llorar al instante; casi resultó un encuentro místico. Primero la miró, frunciendo levemente las cejas (un gesto que resultó terriblemente gracioso en alguien tan pequeño). Lula pudo comprobar entonces que los ojos de la pequeña eren de un hermoso color verde oscuro y estaban llenos de curiosidad. De seguido, la pequeña levantó los brazos en alto y empezó a balbucear una perorata de sílabas inconexas:
—Babadada, prrrru, prrruuu.
Y aunque la androide no la entendió, supo exactamente lo que la niña quería.
Dudó. La presencia de aquella criatura era tentadora y el deseo de cogerla en brazos y arrullarla la inundó por dentro. El mismo deseo que durante los últimos años había mantenido escondido bajo capas de olvido y que ahora regresaba con fuerza. Pero se contuvo, porque no tenía ni idea de qué hacía la pequeña allí. ¿Estarían sus padres por los alrededores? ¿La habrían dejado allí un momento y les habría ocurrido algo mientras tanto? No quería que, al regresar, la encontraran jugando con la niña porque aquello podía suponer problemas. Y a Lula no le gustaban nada los problemas. La gente de los suburbios era muy rara. La gente en general era muy rara.
De todos modos, no podía dejarla ahí, porque pronto el calor era insoportable y aquella criatura corría el riesgo de sufrir algo peor que una deshidratación.
Para calmarla, Lula le regaló una sonrisa y después se llevó un dedo a los labios e hizo un «shhht» largo y suave.
—No llores,  ¿vale? —le dijo—. Voy a echar un vistazo a ver si encuentro a tus padres. Estate quietecita.
Después, se alejó para investigar las inmediaciones.
Echó un vistazo rápido. Caminó por entre las montañas de escombros y entre las secciones de desechos. Se conocía el lugar como la palma de la mano. Buscó y buscó, pero por más vueltas que daba no encontraba nada. Ninguna persona, ningún vehículo, ningún animal. Esa mañana no había nadie más que ella en el vertedero y si alguien había traído aquella niña hasta allí, estaba claro que hacía mucho rato que se había ido.
Cuando regresó junto a la pequeña, la encontró tal y como la había dejado: sentada sobre el colchón, quieta y callada, como si de algún modo hubiese entendido lo que le habían dicho y hubiese decidido permanecer a la espera.
—Supongo que no tendrás ni idea de dónde están tus padres —preguntó Lula.
Lo único que obtuvo por respuesta fue un «prupupupa ababada».
Así, dejando a un lado sus últimas reticencias, Lula la tomó en brazos. La pequeña no se extrañó por el contacto, sino que le dedicó a la androide una profunda mirada de aprobación. Después cogió uno de sus rizos castaños y tiró de él con una carcajada infantil.
—De acuerdo —repuso Lula—. Nos tomaremos eso como un «encantada de conocerte».
Y  con la niña en brazos y sin saber muy bien qué hacer con ella, una idea descabellada cruzó los circuitos de la androide.

***

Prácticamente podía decirse que Miga se había criado en el vertedero de Capital.
Los suburbios eran su ciudad y su cama se encontraba en la trastienda del taller mecánico de su madre (había quien decía que el hogar se encuentra donde se encuentra tu corazón, pero Miga, que era más práctica, prefería decir que el hogar está donde está tu cama).
Pero el vertedero era el lugar en el que más buenos momentos había pasado; el lugar que presidía su memoria.
El primer recuerdo que tenía era el de vagar por entre los desechos de la mano de su madre, mientras la mujer buscaba componentes para sus reparaciones. Era una imagen difusa, en la que se veía a sí misma rodeada de chatarra y en la que una voz de fondo le advertía que si se alejaba demasiado corría el riesgo de perderse. Los desechos multicolor llamaban su atención y ella estiraba la mano para cogerlos todos. Ni siquiera estaba segura de que fuera un recuerdo o se tratara sólo del producto de su imaginación; pero lo atesoraría como tal hasta el fin de sus días.
Con el tiempo su madre le permitió caminar con libertad por el lugar. Y, más adelante, cuando ni siquiera necesitaba la compañía adulta para recorrerlo, Miga empezó a ayudar en las tareas de rastreo. Ahora era capaz de recorrer sola el trayecto hasta allí sin más ayuda que la de su aeromoto, así como de reconocer todos los componentes electrónicos sin ningún problema y de determinar si servirían o estaban tan estropeados que la reparación no valdría la pena.
Sin haber pisado jamás una escuela, la muchacha había aprendido en la calle todo lo que sabía. Y no había sido poco, porque en los suburbios de Capital uno debía de espabilarse si quería sobrevivir. La ley que imperaba allí era la del más fuerte. Era un lugar en el que iban a perderse todas aquellas personas que por una circunstancias u otras no podían vivir en la ciudad, ya fueran parias, malhechores o gente sin identidad. De todos modos, Miga podía jactarse de haber tenido una buena maestra: su madre.
Lula, que era como se llamaba su madre, era la mejor mecánica de los suburbios. Respetada por todos allí, podía arreglar cualquier cosa por estropeada que estuviera. Además, siempre ofrecía tratos justos, algo que no solían hacer los demás talleres de la sub-ciudad, que aprovechaban cualquier ocasión para estafar a los pobres desgraciados que precisaban sus servicios.
Lula le había enseñado todo lo que sabía: a leer y escribir, a cocinar, a coser; pero también a programar, a orientarse con las estrellas, a encontrar agua con la ayuda de un palo y a comprender la tecnología.
Miga era capaz de desmontar un androide, pieza a pieza, y volver a montarlo a una velocidad pasmosa, incluso con los ojos cerrados. Los artilugios electrónicos no tenían secretos para ella. Había crecido con los destornilladores y las tuercas como compañeros de juegos y a los cinco años ya creaba sus propios juguetes.
Pese a eso, y por más sorprendente que pudiera parecer, Miga detestaba las máquinas: para ella simbolizaban la estupidez humana. Y aunque ocupaba buena parte del día en ayudar a su madre en el taller porque sabía que no vivían del aire y que las reparaciones eran las que pagaban el alquiler y la comida, no veía el momento de terminar con el trabajo y largarse a cualquier parte que la llevara lejos de la tecnología y de Capital.
«No pienso convertirme en la basura que vive más allá de las calles de los suburbios» decía siempre, haciendo referencia a los capitalenses. «Esos cretinos no saben ni freír un huevo sin la ayuda de un ordenador. Las máquinas les han vuelto estúpidos».
Y todos en el barrio sabían que hablaba muy en serio. También su madre.
Las cosas no habían sido siempre así. De pequeña, Miga adoraba todo lo que fuera tecnología. Jugaba con los cables, desmontaba los electrodomésticos, escarbaba en la basura en busca de nuevos componentes. Y, por encima de todo, adoraba ver a su madre trabajar. Nunca había sido una niña revoltosa, pero cuando estaba intranquila Lula la sentaba junto a ella en una trona de plástico (que había cambiado por un robot aspirador) y el mundo entero se desvanecía para la pequeña, que se quedaba horas y horas absorta contemplando el trabajo de su madre. En esos momentos, ni siquiera el hambre o el sueño eran capaces de distraerla.
Lo que hizo que las cosas cambiaran de forma tan drástica fue un muchacho llamado Guido, que en cierta ocasión se cruzó en el camino de Miga y volvió su mundo del revés.

Miga y Guido se habían conocido hacía algunos años.
Había sido un día de otoño, cuando ella estaba a punto de cumplir los diez. Como solía hacer a menudo en aquella época cuando no correteaba por las calles sin asfaltar de los suburbios con alguna entrega entre los brazos, había ido a dar una vuelta por el vertedero por si encontraba algo interesante. La acompañaba su fiel amigo Jimbo, un gato-robot que ella misma había diseñado y que su madre le había ayudado a construir.
Ese día, a Miga le hubiera gustado que en vez de Jimbo fuera Lula la que caminara unos pasos por delante de ella, abriendo el camino. Su madre hacía que los paseos por el basurero se convirtieran en auténticas aventuras, explicando curiosidades, inventando historias, transformando la basura en naves espaciales que escapaban de Fris y viajaban hasta los confines de la galaxia. Y eso cuando no la perseguía para hacerle cosquillas, haciendo que Miga huyera entre gritos y risas. Su madre era la persona más divertida que Miga hubiese conocido jamás. Y, según su modesta opinión, también la más lista.
Pero aquella mañana su madre tenía trabajo y aunque Miga se había ofrecido para ayudarla, ella había hecho que no con la cabeza y le había respondido:
—¡Ve a dar esa maldita vuelta! ¡Que lo estás deseando!
Y Miga se había largado, porque cuando su madre ordenaba algo era mejor obedecer.
De todos modos, la compañía de Jimbo no era desagradable. A pesar de su aspecto mecánico (no habían recubierto su armazón metálico porque encontrar piel sintética en los suburbios era caro), el gato-mecánico casi parecía un animal de verdad. Y Miga lo quería como a tal.
Durante el paseo, algo había llamado su atención en un montón de chatarra.
Miga hundió la mano en los restos, ladeando la cabeza para alcanzar su objetivo. Su lengua asomó por la comisura de sus labios y frunció el entrecejo mientras movía los dedos a ciegas. Cuando al fin lo alcanzó, su expresión se convirtió en una de alegría. Tiró del objeto y lo extrajo.
Lo observó, haciéndolo girar sobre él mismo. Se trataba de una pieza cilíndrica de metal no más grande que su puño cerrado. Sonrió con amplitud mientras lo levantaba en alto y conseguía que la luz del sol le arrancara un destello.  Su madre se pondría contenta: los motores en buen estado eran difíciles de encontrar.
Se disponía a embutir su trofeo en el zurrón y retomar el camino de vuelta, cuando una voz le hizo dar un respingo:
—Hola.
Con el corazón desbocado, la niña se volvió hacia el lugar del que provenía.
El sol la cegó, por lo que sólo pudo vislumbrar una figura oscura recortada en el cielo azul, de pie en lo alto del montículo de desechos. Se sorprendió de encontrarla ahí porque no había oído ningún ruido. ¿Tan concentrada estaba? A ella era imposible pillarla desprevenida.
Se llevó una mano a la frente, para hacerse visera, y entornó los ojos.
Un chico mayor que ella se encontraba de pie sobre una caja metálica con las manos en jarras. Una gran sonrisa burlona se dibujaba en sus labios, abriendo dos divertidos hoyuelos en sus mejillas. Tenía el pelo de color pardo y los ojos grandes y saltones como dos topacios imperiales.
Miga arrugó la nariz. Sabía muy bien que en el vertedero había otros como su madre o como ella, chatarreros que habían hecho de hurgar en la basura su modo de vida. Pero, aunque no tenía especial relación con ellos y a la mayoría sólo les conocía de vista, sabía el nombre de cada uno. Y a ese no lo había visto jamás.
Y aquello sólo podía significar una cosa: el chico era de Capital.
Miga había aprendido que la gente de Capital no era de fiar. Desde muy pequeña le habían contado que los capitalenses eran egoístas y dejaban que los pobres que vivían en los suburbios pasaran hambre y frío mientras ellos se ahogaban en sus excesos. La vida en la ciudad era un frenesí de sinsentidos, una búsqueda constante de nuevas sensaciones y de manera de obviar la realidad. Su madre nunca le había hablado abiertamente del tema, pero Miga conocía perfectamente la aversión que sentía por Capital y sus habitantes. No era la única: muchos en los suburbios escupían en el suelo con desprecio con sólo oírlos nombrar.
Por eso, Miga trató de ignorar al chico. No tenía ni idea de que hacía allí ni de cómo había llegado, pero tampoco le importaba. Sólo quería que se fuera. Volvió la vista al frente e hizo como si no le hubiese visto, pensando que si le ignoraba el tiempo suficiente él se daría por aludido y se iría.
Pero antes de poder dar siquiera un paso y proseguir con su camino, un golpe seco le hizo volver la vista atrás, otra vez.
Descubrió que el chico había bajado de la caja de un salto y descendía por la ladera de escombros en dirección a ella. Lo hacía con gracia, pero no con la misma soltura con la que Miga recorría el lugar. Estaba claro que no estaba habituado a hacer ese tipo de cosas. Una plancha metálica se desprendió cuando él puso un pie encima y a punto estuvo de caerse de bruces al suelo. En el último instante consiguió mantener el equilibrio. Tras el resbalón, se acercó a Miga, resuelto.
—¿Qué haces? —le preguntó, usando un tono amistoso.
La chica entrecerró los ojos.
—Nada —repuso, cortante.
Pero él no se amedrantó por el trato osco que le dirigían y prosiguió con su interrogatorio.
—¿Ese gato-robot es tuyo?
Miga miró a Jimbo, que observaba la escena desde la distancia. Hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
—Vaya. Es raro… ¡Pero resulta divertido! ¿Y tiene nombre?
—Jimbo.
—¿Jimbo? Suena bien. Yo no tengo ninguna mascota, aunque a veces persigo el robot aspirador por casa para hacerlo rabiar —explicó, soltando una risotada como si aquello fuera lo más divertido del mundo.
Miga pensó que ese era un buen momento para desaparecer.
—Tengo que irme —dijo, dando media vuelta.
Pero él la detuvo:
—¡No! ¡Espera! ¿Vienes por aquí a menudo?
—Trabajo aquí.
No era del todo cierto, pero a Miga le gustaba decir que trabajaba con su madre, que era su ayudante. La mejor ayudante de mecánico de Fris. Y también la mejor rastreadora del basurero.
Al chico pareció gustarle la respuesta, porque abrió mucho los ojos y miró a Miga con una mezcla de sorpresa y fascinación.
—¿Aquí? ¿De verdad? ¿Y no vas a la escuela?
—No.
—¡Qué guay!
Ella se encogió de hombros.
—Por cierto, todavía no me has dicho cómo te llamas.
La niña dudó, pero al final dijo:
—Miga.
—¿Cómo las migas de pan?
Ella frunció el ceño y su nariz respingona se arrugó. Tenía las mejillas coloradas por el sol y el cabello del color de las mazorcas le caía desliñado por la frente y los hombros. Era un pelo salvaje que su madre le había cortado a trasquilones. Pero era un pelo guay.
—No te rías de mí —protestó.
—No lo hago. Es un nombre divertido. Yo me llamo Guido.
—Hum…
—Me ha gustado conocerte. Lástima que tengas que irte. Pero quizás otro día podríamos ir a explorar juntos el vertedero. Si trabajas aquí lo debes de conocer bien. Le diré a mi padre que me traiga. Él tiene un camión, ¿sabes? Y a veces viene a descargar. Será divertido.
Miga no respondió. De algún modo, y a pesar de que sabía que no podía fiarse de la gente de Capital, aquel chico le había gustado. No era un gallina como los otros chicos de los suburbios, que nunca querían ir con ella al vertedero porque «daba miedo». Y, además, era divertido.  A Miga le gustaba la gente divertida. Por eso, pensó, le gustaría que fuera su amigo.
De todos modos, y como era obvio, aquello no se lo podía decir a él. A la gente de Capital nunca se le podía contar la verdad.
Así que simplemente respondió: «Algún día», que era una frase que no quería decir ni que sí ni que no, pero que en el fondo era una aceptación en toda regla.

Guido tenía trece años y vivía en la periferia de Capital (que no en los suburbios), en un barrio residencial como cualquier otro. Como muchos de los chicos de la macrociudad tenía dos casas: la de papá y la de mamá.
La casa de su madre se encontraba en un gran bloque de pisos cerca de la escuela. Era un edificio muy feo de color ceniza y lo conforman más de un centenar de pequeños apartamentos. En la parte central había un gran patio comunitario en el que los chicos como él jugaban por las tardes, después de clase.
Eva, que es como se llama su madre, trabajaba en una cadena de montaje. Su turno cambiaba cada dos semanas, por lo que había días en los que Guido apenas la veía. Cuando trabajaba de noche, lo mandaban a casa de su padre.
Pero a veces el padre tampoco estaba disponible y Guido tenía que quedarse solo.
Aunque para eso ya estaba Vicky.
Vicky era la IA que gobernaba el piso de su madre y Guido la adoraba con devoción. Controlaba absolutamente todo: desde la colada, hasta las compras, pasando por las facturas, los horarios e incluso las fechas importantes. Todos los demás electrodomésticos dependían de ella y cuando Guido se ponía remolón y no le hacía caso, Vicky los utilizaba para hacerle entrar en razón. Como aquella vez que programó a Turrón (que era como llamaban cariñosamente al robot aspirador) para que lo persiguiera por la casa y no le dejara jugar hasta que hubiese terminado todos los deberes.
A pesar de que Vicky no tenía cuerpo, Guido podía sentir su presencia por toda la casa en un abrazo reconfortante. Ahí estaba cuando volvía del colegio y le daba la bienvenida, o cuando lo obligaba a ducharse aunque él no quisiera.
Por eso, a veces Guido se sentía culpable de querer más a Vicky que a su madre.
Eva se había quedado embarazada cuanto tenía treinta y ocho años. A pesar de ser premeditado, la noticia la había sorprendido hasta el punto de plantearse un aborto.
En realidad Eva no estaba segura de querer tener un hijo, pero en su fuero interno sentía que se le pasaba el plazo. De pequeña siempre había fantaseado con la idea de ser madre y en la adolescencia había jurado y perjurado que, rompiendo la estadística de Capital, ella tendría tres o cuatro retoños; y los tendría antes de cumplir los treinta.
Era evidente que su sueño de juventud no se había cumplido. Y no había sido porque la vida no se lo hubiese puesto fácil. Todas las parejas que había tenido compartían con ella el deseo de tener descendencia. Pero a medida que se acercaba el momento decisivo, Eva sentía que la presión se hacía insoportable y que todo el peso caía sobre ella. ¿Por qué quería un hijo? ¿Era puro instinto animal? ¿Quería que otra persona se sintiera querida y arropada como se había sentido ella por sus padres? ¿Se sentía desplazada por los amigos que desde que eran madres y padres la dejaban de lado?
Y con todo aquello había nacido Guido, que era fruto de la relación que mantenía en aquel momento (aunque el padre había dejado bien claro que, por su trabajo, no podría hacerse cargo del pequeño y lo único que le podía ofrecer era sustentación económica). Y ya no había habido marcha atrás: un niño no se podía devolver como si fuera una prenda de ropa que no te ha gustado al probártela en casa.
Eva quería a Guido, pero el chico había aprendido que a su madre era mejor no molestarla. Cuando Eva no estaba trabajando, se encerraba en su habitación y se pasaba horas conectada a alguna red social de su consola de realidad virtual; a veces Guido la oía reír. Y si no estaba conectada, salía por ahí con sus amigos. Su madre no acostumbraba a contarle qué hacía durante sus juergas y aunque él se moría de ganas de descubrirlo, tampoco se lo preguntaba. Y es que en esas pocas ocasiones que compartían algo de tiempo, nunca sabían de qué hablar.
En esas contadas ocasiones, Eva solía interesarse por cómo le iba la escuela y también por sus amigos. Sonreía cuando él le hablaba de tal o cual cosa, pero a los cinco minutos había olvidado casi todo. Por eso a Guido cada día le gustaba menos contarle cosas: era como hablar con la pared.
Vicky, en cambio, sí se acordaba de los nombres de todos sus amigos. Y también de si se habían peleado o iba a ser su cumpleaños. Cuando Guido volvía a casa con el semblante serio, ella se daba cuenta enseguida, y tomando formas divertidas en cualquiera de las pantallas de la casa le preguntaba qué había ocurrido.
—¿Ha sido Bob?
Guido hacía que no con la cabeza.
—¿Marta?
Y cuando los ojos se le llenaban de lágrimas, Vicky adivinaba:
—Aaah. Claro. Ha sido Popi.
Y siempre acertaba.
En casa de su padre las cosas eran un poco distintas.
Art, que era como se llamaba su padre, vivía en una casita unifamiliar que se abría lugar entre dos inmensos bloques de pisos y que nadie sabía cómo había llegado hasta allí. La casa tenía cuatro habitaciones: una de ellas era para Art, la otra para su padre (el abuelo de Guido), la tercera cambiaba de propietario cada dos por tres y en la última dormía Guido cuando iba de visita.
Art era camionero y su trabajo consistía en recoger los desechos de los habitantes de Capital y trasladarlos a alguna de las fábricas de reciclaje, donde eran sometidos a complejos procesos de selección y reacondicionamiento. Pero a veces sus viajes eran más largos; tan largos que incluso pasaba algunas noches fuera de la ciudad. Guido no tenía ni idea de adónde iba. Como era lógico, su padre no se lo contaba. Todos los adultos tienen la extraña creencia de que los niños son demasiado estúpidos para entender según qué explicaciones. De todos modos, no importaba, porque cuando su padre regresaba de esos viajes misteriosos siempre se ofrecía a pasar unos días con él. Y entonces hacían cosas juntos, como ir al acuario, al observatorio o a algún museo. Incluso a veces le llevaba a ver un partido de fútbol y el abuelo también se apuntaba porque ese deporte era lo único que le importaba en la vida.
Cuando Guido estaba en casa de su padre siempre comían en la cantina que había en la última planta de uno de los bloques de pisos vecinos, porque lo único que Art guardaba en la nevera era cantidades ingentes de leche, zumo de naranja y cervezas. Apenas había electrodomésticos en la casa. En la despensa, Guido a veces encontraba cereales y galletas, pero en esos casos solían estar pasados y sabían mal. No era algo que le preocupase demasiado, porque cuando le entraba el gusanillo, su padre siempre le daba crédito para que fuera al súper de la esquina a por unas chucherías. Aunque cuando lo hacía nunca faltaba aquel «haz el favor que al menos una de esas chucherías sea sana». Guido lo intentaba, pero no siempre lo conseguía.

El día en que Guido conoció a Miga fue el primero en el que su padre le habló del vertedero y le llevó hasta allí.
—Hoy voy a llevarte a un sitio especial —dijo el hombre aquella mañana de domingo.
—¿Adónde?
—Es un sito que está más allá del muro de la ciudad y del que no puedes hablar con nadie, ¿entiendes? Ni siquiera con tus amigos. Ahora ya empiezas a ser mayor para guardar secretos, Guido, por eso voy a mostrarte adónde voy cuando me ausento algunos días.
Guido quedó muy sorprendido de descubrir que más allá de Capital había un mundo entero. Era un lugar basto y yermo, mucho más grande de lo que hubiese podido imaginar jamás. Y, además, en ese lugar vivía gente que nada tenía que ver con la ciudad.
Resultó que cuando la fábrica a la que Art llevaba los desechos para reciclar estaba demasiado llena, el hombre viajaba hasta al norte de la ciudad y dejaba allí su carga. Pero eso no era todo: había algo más. Y es que en algunas ocasiones la carga que llevaba no terminaba en el basurero, sino que era enviada a miles de kilómetros de Capital, donde algunos pueblos como los suburbios se enfrentaban a la crudeza del desierto.
—¿Hay gente viviendo ahí fuera? —preguntó Guido, sin poder creérselo.
—Oh, sí. Hay gente viviendo en todas partes. En las estrellas también.
Y Guido, que no había salido nunca de Capital (como es lógico, porque nadie salía jamás de Capital; uno nacía y moría allí), quedó fascinado con aquel viaje lleno de descubrimientos.
Primero cruzaron el muro que rodeaba la ciudad. Había una aduana en la frontera y unos policías uniformados tomaban buena nota de las entradas y salidas, que básicamente se reducían a un montón de camiones que movían carga de un lugar a otro.
Después, resultó que más allá de Capital había otra ciudad, aunque ésta era completamente distinta al concepto que Guido tenía de urbe: no había calles con cintas transportadoras, ni grandes edificios colmados de neones, no había un tráfico intenso, como tampoco cientos de peatones yendo de un lado para otro. Era un lugar muerto, triste y polvoriento. Cuando Guido le preguntó a su padre por él, lo único que obtuvo como respuesta fue su nombre: «los suburbios».
Más allá, cuando terminaba la segunda ciudad, la carretera serpenteaba por entre los bosques artificiales que rodeaban Capital y la aislaban del desierto. El anillo tenía unos cinco kilómetros de grosor y proveía a la ciudad de madera y otros materiales. Un ejército de cuidadores lo mantenían en perfecto estado.
Y al final, cuando los bosques terminaban, ya sólo quedaba el desierto. Y en el desierto estaba el vertedero. El vertedero donde conoció a Miga.

Su amistad con Guido se convirtió en el secreto de Miga.
Estaba claro que no podía contárselo a nadie, y todavía menos a su madre: no lo entenderían. Y aunque les asegurara que Guido era diferente, que era divertido y que no hacía las cosas horribles que hacían los capitalenses, tampoco la creerían. Los adultos eran cerrados de miras y cuando se les metía algo en la cabeza era difícil convencerles. ¿Un niño de Capital merodeando por el basurero? ¡Ja! ¡Menudo revuelo levantaría tal noticia! Y para colmo seguro que a Miga le prohibirían ir sola por allí.
Definitivamente era mejor que nadie se enterara.
Por eso había advertido a Guido que no se acercarse a ella cuando estaba con su madre; sólo podrían hablar cuando no hubiese moros en la costa. Y tampoco debía hablar con el resto de chatarreros. Nadie debía saber que andaba por el basurero.
Pero Lula era lo suficientemente perspicaz para saber lo que su hija se traía entre manos. Por eso, cuando aquella tarde Miga entró muda en casa, haciendo esfuerzos para no echarse a llorar, supo enseguida qué había ocurrido.
—¿Un mal día? —preguntó.
Miga se encogió de hombros, pero no respondió.
—Puede ser… ¿qué te hayas peleado con tu amigo?
—Es que… —empezó la niña. Pero rápidamente calló.
Abrió mucho los ojos, sintiéndose descubierta. De seguido, sintió que el nudo que tenía en la garganta crecía hasta hacerse insoportable. Al final estalló en un llanto compulsivo.
Su madre se limitó a abrir los brazos y a decir:
—Ven.
Miga pasó mucho tiempo refugiada en aquel abrazo, hipando y compadeciéndose, pensando en lo estúpida que había sido. Cuando al fin encontró la voz, dijo:
—Tenías razón, mamá. La gente de la ciudad es mala.
Lula le atusó el pelo.
—¿Qué ha ocurrido?
—Guido quería… Guido quería que fuera con él a Capital. Pero yo sabía que tú no me dejarías. ¡Y me dijo que te mintiera! Yo no… yo no te mentiría jamás, mamá. No te conté que Guido era mi amigo porque tenía miedo de que te enfadaras conmigo. Pero no te mentiría en algo como lo de ir a Capital.
—¿Y por qué debería enfadarme porque tengas un amigo?
—Porque es de Capital y tú odias a la gente de Capital.
Lula se sorprendió por las palabras de su hija. Se había preguntado en más de una ocasión el motivo por el que Miga guardaba en secreto su amistad con aquel chico, pero nunca había imaginado que fuera por algo parecido. Ella nunca había odiado a la gente de Capital en particular, pero seguramente Miga había interpretado como tal el desencanto que sentía hacia algunos humanos. Lo cierto era que con los años se había vuelto desconfiada.
—Miga, yo no odio a… —intentó explicar.
Pero la niña la interrumpió:
—Pero es que tenías razón, mamá. No se puede confiar en ellos: sólo piensan en sí mismos.
Miga cerró los ojos y la expresión de Guido en el momento de anunciarle que no iría con él a Capital se dibujó en su mente.
—Pero… ¿por qué? —había preguntado él, confuso y descolocado.
—No me apetece —había dicho ella.
—Pero…  si siempre dices que te gustaría saber cómo es Capital.
—Pues ya no me apetece.
Entonces el chico había comprendido.
—Es por tu madre, ¿verdad? Porque a ella no le gusta la ciudad.
—¿Y qué si es así?
—Jopé, Miga. Sólo será una excursión. ¡Ni siquiera tienes por qué contárselo!
—He dicho que no, ¿vale?
Pero no satisfecho con ello y sin prever las consecuencias de sus actos, Guido había dicho:
—¿Qué mierda va a saber tu madre de Capital? ¡Como si ella fuera muy guay! No es más que una cualquiera que malvive en los suburbios.
El dolor de Miga al escuchar esas palabras había sido tan grande que la única manera que se le había ocurrido para hacerlo más llevadero había sido que Guido también lo sintiera. E, incapaz de morderse la lengua porque en el fondo todavía era una niña, había respondido:
—Será una cualquiera, pero al menos ella sí me quiere y no me abandona para que un puñado de máquinas se ocupen de mí.
Miga se frotó los ojos con el dorso de la mano, dejando que la angustia se diluyera y los recuerdos se alejaran. Todavía le costaba creer que Guido hubiese dicho algo parecido.
—Dijo cosas feas de ti, mamá —le contó a Lula—. Yo también le dije cosas feas, pero… ¡Qué va a saber ese estúpido de nosotras! En Capital sólo piensan en tonterías; no tienen preocupaciones. Las máquinas se lo hacen todo. ¡Las máquinas los han hecho estúpidos! Y Guido es el más estúpido de todos porque le ha criado una estúpida máquina llamada Vicky.

Al escuchar semejantes palabras, Lula no pudo sino abrazar con más fuerza a su hija. Porque Lula nunca se había sentido con fuerzas para contarle a su hija que ella misma era en realidad una estúpida máquina como las que Miga tanto odiaba y que hacían tan infelices a la gente de Capital.